Comentario al Evangelio del

C.R.

Queridos amigos:

Hoy aparece con claridad uno de los frutos de la muerte de Esteban. El libro de los Hechos lo narra así: Al ir de un lugar para otro, los prófugos iban difundiendo la buena noticia. Es decir, que “la sangre de mártires siempre es semilla de cristianos”. Uno de estos prófugos es Felipe. Sus acciones evangelizadoras se parecen a las de Jesús: De muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.

Hace 64 años, tal día como hoy, fue canonizado uno de esos “prófugos” que han hecho del anuncio itinerante del evangelio su razón de vivir. Su nombre: Antonio María Claret. Quiero recordar hoy un testimonio muy poco conocido de su vida. Lo refiere un señor de Barcelona, contemporáneo del Santo:

“Cuando yo estudiaba en la Universidad estuvo una temporadita en Barcelona el P. Claret. Predicaba todos los días en varias iglesias, con grandísima asistencia de fieles. Como todo el mundo hablaba con encomio de aquel famoso predicador, que hacía seis y siete sermones diarios; movidos, parte por devoción, parte por curiosidad, determinamos algunos estudiantes seguir al famoso Misionero a todas partes donde predicase, para cerciorarnos de cuántos sermones hacía y si repetía los mismos sermones. Al salir de la iglesia en donde había predicado el séptimo sermón de aquel día, lo rodearon, como de costumbre, varios sacerdotes y otras muchas personas. Uno de aquellos señores, al besarle el anillo, lo dijo: ‘Usted se mata con tanto predicar. No se explica cómo puede resistir tantas fatigas’. ‘Esto es un misterio que no se comprende’, añadió otro. A lo cual contestó el P. Claret: ‘Enamórense ustedes de Jesucristo y de las almas, y lo comprenderán todo y harán mucho más que yo’”.

Enamorarse de Jesucristo significa encontrar en él la fuente de la vida. ¿Cómo es posible que los creyentes no podamos hacer partícipes de esta experiencia a tantas personas que viven una vida devaluada por la depresión, la ansiedad, la tristeza, la agresividad o la injusticia?

¿Cómo resuenan hoy las palabras de Jesús: Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed? Son palabras que he visto escritas en muchos sagrarios. ¡Si pudiéramos verlas escritas en los rostros de los que seguimos al Maestro!

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