Comentario al Evangelio del

C.R.

Queridos amigos y amigas:

El profeta Oseas es un acompañante ideal para la gente de nuestra generación. Su invitación no puede ser más actual: Esforcémonos por conocer al Señor. La razón es muy simple: esto es lo que el Señor quiere: Porque quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos. ¿Qué significa “conocer” a Dios? ¿Atraparlo como se atrapa una mariposa para diseccionarla? ¿Poner a Dios al mismo nivel que un planeta, una fórmula matemática o una especie vegetal? Sólo se conoce a Dios amándolo. Sabemos muy bien que en el lenguaje de la Biblia, “conocer” significa “amar”. Cualquier otra perspectiva está llamada al fracaso. Sólo desde el amor se pueden entender las expresiones poéticas de Oseas: Su amanecer es como la aurora y su sentencia surge como una luz. Bajará sobre nosotros como lluvia temprana, como lluvia tardía que empapa la tierra. ¿Con qué imágenes describiríamos nosotros al Dios conocido/amado? ¿Por qué no intentamos un pequeño ejercicio de oración enamorada?

La parábola del fariseo y del publicano, que sólo Lucas cuenta, es interpelante hasta decir basta. Con sólo 86 palabras (me refiero a la traducción litúrgica española) dibuja dos maneras de situarse ante Dios: la manera fanfarrona, autosuficiente (representada por el fariseo) y la manera humilde, escondida (representada por el publicano). Examinemos cómo es la oración de ambos. El fariseo ora así: ¡Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás. El publicano se limita a decir: ¡Oh, Dios!, ten compasión de mí (en latín se puede decir con sólo tres palabras: Miserere mei, Domine; y en griego, con dos: Kyrie, eleison). El fariseo se compara con los otros y, en virtud de esa comparación, se considera superior: Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. El publicano no mira a los demás sino a Dios y a sí mismo. He ahí la diferencia.

Descubro en mí una incurable tendencia farisaica cada vez que multiplico las palabras para hablar de “los otros”: esta cultura nuestra, los que creen y los que no creen, los pastores de la iglesia, los valientes, los alejados ... Sé que es imposible no referirnos a los demás, ¿pero no tendríamos, sobre todo, que colocarnos nosotros mismos ante la misericordia de Dios? Todo lo demás vendrá por añadidura. La enseñanza de Jesús es clara: Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. ¿Qué oración brota en estos momentos de nuestro corazón para decírsela al Señor? Si no se nos ocurre nada, siempre podemos repetir muchas veces, como el publicano, como “el peregrino ruso”, como nos sugiere la liturgia cuaresmal: “Señor, ten misericordia de mí”.

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