Comentario al Evangelio del

C.R.

Queridos amigos y amigas:

En esta vuelta a la “escuela de la fe” que representa la Cuaresma, hoy nos toca asomarnos al sentido que tienen los mandamientos de Dios. El libro del Deuteronomio los califica de sabios, prudentes y justos. No se trata, pues, de cargas pesadas para hacer la vida humana insufrible sino, más bien, de caminos que conducen a la vida: Así viviréis, entraréis y tomaréis posesión de la tierra que el señor, Dios de vuestros padres, os va a dar.

Jesús, como sabio y prudente que es, aprecia sobremanera estos caminos de vida. Es muy consciente de que se han interpretado mal, de que se han pervertido, pero no quiere anularlos: No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. ¿Cuál es la plenitud de todo mandamiento?: ¡El amor! Sin amor, los preceptos pueden convertirse en barreras e incluso en armas arrojadizas. Con amor, son cauces que nos ayudan a realizar lo esencial de la vida humana: amar a Dios y al prójimo.

Si repasamos los “diez mandamientos” que aprendimos cuando éramos niños caeremos en la cuenta de que son, en efecto, caminos de vida. Amar a Dios sobre todo, glorificar su nombre, santificar las fiestas, honrar a los padres, preservar la vida, hacer un uso noble de nuestra sexualidad, respetar las cosas, decir la verdad, etc. no son en modo alguno impedimentos para nuestra libertad sino el modo mejor de asegurarla en toda su hondura. ¿Cómo Jesús, que conoce el corazón de Dios y el corazón del hombre, podría anular estos caminos de vida? Su obsesión es, más bien, contribuir a que sean lo que realmente son: expresión de vida y no de muerte, caminos de libertad y no de esclavitud.

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