Comentario al Evangelio del

C.R.

Queridos amigos y amigas:

Está claro que la liturgia de hoy quiere establecer un paralelismo entre la primera lectura y el evangelio. El nexo es la referencia al profeta Eliseo y a la curación del general sirio Naamán. Se trata de mostrar que Dios “salva” (eso es lo que significa el nombre del profeta) incluso más allá de las fronteras de Israel. Cuando Jesús menciona los nombres de Elías y de Eliseo en la sinagoga de su pueblo está colocándose a su altura. También él se considera un profeta. Un poco antes se ha aplicado las palabras de Isaías: El Espíritu del Señor está sobre mí. Pero no sólo eso. El texto de Lucas pone de relieve que se trata de un profeta abierto, que está llamado a anunciar a todos el año de gracia del Señor; por lo tanto, lo normal es que no sea entendido por su gente: Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Resulta compresible la reacción de sus paisanos ante esta provocación: Se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo.

La salvación de Dios que Jesús trae está abierta a cualquier persona que se fíe de él. Lo esencial no es ser paisano suyo (como los habitantes de Nazaret) sino mostrar una actitud de fe (como la extranjera viuda de Sarepta o como el sirio Naamán).
¿Qué puede significar hoy este mensaje? ¿No os parece que está dirigido a los que nos consideramos “paisanos” de Jesús por el hecho de haber estado toda la vida viéndolo, oyendo hablar de él? ¿No constituye una fuerte llamada a creer en él, a dejarnos sorprender por su novedad?

El evangelio de Lucas termina con una frase que parece anticipar el señorío del Resucitado: Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba. Cuando falta la fe, no es suficiente la costumbre. Cualquiera de nosotros puede engrosar el número de los “alejados”.

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