Comentario al Evangelio del

Fernando González

Queridos amigos y amigas:

Son muchos los lugares de nuestro mundo que viven situaciones crónicas de dolor, violencia y pobreza. A veces sus imágenes se cuelan en nuestras casas a través de los medios de comunicación, en otras, somos nosotros mismos los testigos mudos que conviven diariamente con quienes son víctimas  del dolor. Los sentimientos de rabia y de impotencia no bastan para compartir la situación de los que más sufren. Entonces, ¿qué? La lista de los dolores humanos es tan extensa que no es fácil creer que sobre este mundo nuestro ha sido pronunciada una palabra de salvación que –como señala el profeta Isaías– no vuelve a Dios “sin haber producido su fruto”. ¿Cuántas veces hemos pensado que a base de Palabra de Dios no se arregla el mal que nos atrapa por todas partes? O, más crudamente: ¿Cuántas veces hemos creído que la Palabra de Dios es perfectamente inútil en el concierto de las necesidades humanas?

Quisiéramos hacer algo y nos estrellamos contra una realidad que no cambia. Quisiéramos rezar, y nos brotan palabras sin cuento, vacías, reiterativas. Quisiéramos, por lo menos, emocionarnos, pero ni siquiera somos ya dueños de nuestros sentimientos.

Nos queda siempre una terapia de choque pensada para discípulos “que no saben qué hacer, rezar o sentir”: la terapia del Padre Nuestro. Esta oración de Jesús cura nuestra ansiedad, nos conecta con la fuente de todo cambio (el Padre), purifica nuestras motivaciones, pide lo esencial, nos rearma moralmente para un compromiso sencillo y sostenido. El “Padre Nuestro” es la Palabra de Dios que, hecha palabra nuestra, nunca nos deja como estábamos. Es la oración del cambio posible y silencioso, la oración de los pobres. Al hombre orgulloso no le cabe en la boca.

Vuestro hermano en la fe:

Fernando González

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