Comentario al Evangelio del

C. B.

Confía

Nada cesa definitivamente en la vida. Los ojos nunca mueren. Siguen viviendo nuestras raíces y, al fondo de todas ellas, sigue existiendo un niño. No dejamos de ser niños. Y no hay nadie que no tenga nostalgia de aquellos años. Sencillamente porque en aquella época amábamos. Amábamos a nuestro padre y a nuestra madre. A su sombra vivíamos, en ellos confiábamos, a su lado nada temíamos. Estando en los brazos de nuestra madre vivíamos felizmente.

Las cosas son así y no les demos vueltas. Uno que ha tenido una madre, un rostro, un pecho, una sonrisa frente a sus ojos para que estos recojan luz personal y no sólo luz natural, vive en una relación de confianza primordial, de alegría originaria, de real felicidad. El mundo le parece algo bueno, sano, cabal, que le es regalado por la vida para acogerlo y no para hacerle daño.

Ni el dolor, ni el pecado, ni la ofensa han introducido todavía en él la desconfianza, el recelo, el desamor.

Jesús, en el evangelio de hoy, nos invita a ser como niños: "Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos". Nos está invitando, pues, a ser como ellos, pero pensando en Dios, nuestro Padre. Nos invita a vivir a la sombra de Dios Padre, confiados en Él, seguros de Él.

Si viviéramos de este modo ...

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