Comentario al Evangelio del

C. B.

Querese incondicionalmente

No todo se ha desvanecido. No todo son palabras. Queda Dios envolviéndolo todo. Queda el abrazo de los que se quieren, el abrazo que une a los vivos y los muertos. Queda en nosotros la memoria viva de Jesús -Él sí que veía hondo- que puso ante nuestros ojos los planes de Dios sobre el hombre. Él quería que el encuentro amoroso de un hombre con una mujer fuera reflejo de aquel encuentro de amor intratrinitario y que, por lo mismo, fuera generoso, oblativo, incondicional y para siempre.

A nosotros estar juntos toda la vida nos parece una carga y, sin embargo, es un sueño. ¿Qué desea hondamente la persona que quiere? Que se la quiera generosamente, incondicionalmente, desinteresadamente y para siempre; que, aunque uno se olvide, no corresponda, en algunos momentos sea infiel, que la otra persona que me quiere no lo tenga en cuenta y se le olvide para siempre. Todos soñamos lo mismo. Los humanos cuando nos encontramos con un amor así es como si nos hubiéramos encontrado con Dios.

Después en la vida las cosas ruedan de otra manera. Sin embargo, los sueños son los sueños, y los sueños de Dios son lo mejor para el hombre.

La casa -el día que nos encontramos con un amor- tenía sol y tenía sueño. Hoy lo puede volver a tener. En el mundo del amor, nada hay irremediable, nada hay irrecuperable, nada hay irreconciliable. Los humanos decimos otras cosas. Jesús nos dice que queda Dios envolviéndonos a todos con su amor.

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