Comentario al Evangelio del

C. B.

Dios trabaja sileciosamente

El hombre siempre tiene anhelos pendientes: de sentido, de justicia, de comunicación, de libertad, la nostalgia profunda de reconciliación y fraternidad, la invencible voluntad de paz, la afirmación de la vida ante las amenazas de aniquilación que pesan sobre cada uno de los seres del universo. Son anhelos pendientes, pero que no son del todo pendientes. La historia nos muestra que, aunque penosamente, el hombre ha ido realizándolos a lo lago de los siglos.

Los cristianos no somos ajenos a estas historias.

La serpiente que esta en el origen de la humanidad y de cada hombre, sin embargo, nos está incitando a los cristianos, a algunos cristianos, a apropiarnos de todo lo bello, bueno y noble que se hace en el mundo. Como si nosotros fuéramos los únicos capaces de hacer el bien. Como si nosotros poseyéramos en exclusiva el Espíritu Santo.

Ya aquellos discípulos de Jesús tuvieron que recibir un reproche de su maestro porque querían que todo el espíritu de su Señor fuera de ellos.

Dios interviene en la historia a través de todo lo que es bueno, amoroso y fraternal. Allí donde se lucha por los humillados, allí donde alguien hace el bien a los débiles y abandonados allí donde con espíritu puro se combate por la fraternidad y la justicia, allí está el Reino de Dios, se sepa o no.

Hay, como dice un pensador, "cristianos anónimos" que, sin saberlo ellos, están dando de comer al hambriento, dando de beber al sediento, vistiendo al desnudo y que un día, el último día, descubrirán al Señor que les va a abrir de par en par las puertas para que entren en el Reino de los cielos.

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