Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

Administradores fieles

Las diatribas de Jesús contra la riqueza causaban en sus discípulos desconcierto y escándalo (cf. Mc 10, 26), pues pensaban según la mentalidad tradicional, para la que la riqueza era un signo de la bendición de Dios. Es fácil imaginar que la parábola del rico insensato (que leímos la semana pasada) produjo en ellos una reacción similar de sorpresa y temor. Y más teniendo en cuenta que se trataba de un grupo humano débil y, con mucha probabilidad, social y económicamente pobre. En situaciones de pobreza y debilidad es normal aspirar a mejorar el propio estatus, y también a alcanzar la seguridad tibia que ofrece el bienestar material. De ahí las palabras de estímulo que Jesús pronuncia a continuación, y que acabamos de escuchar en el evangelio de hoy, con las que continúa su enseñanza sobre la verdadera riqueza.

Jesús exhorta a no temer, pese a la propia pequeñez, sino a poner la confianza en Dios, que ha decidido regalar a los que confían en Él una riqueza inmensamente superior a todas las posesiones materiales y a todo el poder de este mundo: su propio reino. Ese reino del que Jesús ha hecho el centro de su predicación, y que ya se ha hecho presente, se convierte ahora en un don que Dios hace a su pequeño rebaño. Ese don es la persona misma de Jesucristo, por el que merece la pena venderlo todo y darlo generosamente a los pobres, para adquirir así un tesoro que no se puede echar a perder ni puede ser robado.

En realidad, más que el tener (en cierto modo inevitable) o el no tener, Jesús mira a la verdadera cuestión: dónde está nuestro corazón. Un hombre puede ser pobre económicamente, pero vivir sólo para sus escasos bienes materiales, ser egoísta, interesado, tacaño. Su corazón está en la riqueza, la poca que tiene y la mucha que quisiera tener. Alguien puede gozar de una buena posición, pero ser generoso, desprendido, abierto a las necesidades de los demás, y dispuesto a dejarlo todo si así se lo exige su fe. Así pues, Jesús nos está invitando a examinar nuestro corazón, a comprobar cuáles son los tesoros por los que estamos dispuestos a venderlo todo. De este modo, nos está llamando a hacer un ejercicio de autoconciencia, a abrir los ojos y vivir en vela. Este ejercicio es ya un primer paso para hacer la elección de la verdadera riqueza. Porque, de hecho, cuando el ser humano se entrega (entrega su corazón) al mero bienestar material, se abotaga y adocena.

Recordemos al hombre de la parábola de la semana pasada. Ha decidido relajarse y dedicar el resto de su vida a comer y a beber, a pasarlo bien. Y de esa manera ha olvidado que nuestros días en la tierra están contados. Es evidente que en ocasiones tenemos que descansar y relajarnos, esto también es un deber, y Jesús mismo lo practicaba con sus discípulos (cf. Mc 6, 31), pero otra cosa muy distinta es consagrar (o pretender consagrar) la propia vida al ocio y a la satisfacción propia. Lo contrario de esto es la vida consciente, en vela, que nos recomienda Jesús. Se trata, en definitiva, en tomarse en serio la vida, que es una cosa seria, en hacerse consciente de los verdaderos valores, los que dan un sentido definitivo a nuestra existencia y que, a fin de cuentas, descubrimos en toda su plenitud en el mismo Jesucristo, en el que Dios ha tenido a bien darnos el reino.

Vivir en vela significa, además, vivir a la espera del Señor que viene de tantas maneras a nuestra vida cotidiana (en la Palabra, en la Eucaristía, en nuestros hermanos necesitados, también en el amargo trance de la muerte). Pero no se trata de una espera pasiva, sino que, por el contrario, Jesús la describe como la realización de un servicio. Es decir, los bienes del reino que Dios nos ha regalado no se convierten por ello para nosotros en una especie de propiedad privada y exclusiva: no somos dueños del reino, de los bienes que nos ha confiado Jesús, sino sólo sus administradores.

Se entiende la pregunta de Pedro: “¿has dicho esta parábola por nosotros o por todos?” La enorme riqueza de la fe en Jesucristo recibida por los discípulos les ha sido dada en depósito, para que la administren fielmente en favor de todos. Si la consideramos algo exclusivo, de la que podemos disponer a voluntad sólo en beneficio propio, nos convertimos en una secta cerrada, que se olvida que debe dar cuenta a su señor de los dones recibidos. Pero el grupo de los seguidores de Jesús es una comunidad abierta que se sabe investida de una misión sacerdotal en beneficio de toda la humanidad, que no se guarda para sí, sino ofrece gratuitamente a todos, lo que gratis ha recibido.

Y no puede ser de otra manera cuando los bienes de los que hablamos son el don de la filiación divina y de la fraternidad universal. En Cristo nos sabemos hijos de Dios y, por tanto, hermanos de todos. ¿Es posible guardarse para sí una riqueza de este tipo? ¿No tenemos por necesidad que salir al encuentro de todos a comunicarles que también ellos son hijos amados del Dios Padre de Jesucristo, que también ellos, como nuestro padre en la fe Abraham, son peregrinos en camino a la patria definitiva, de sólidos cimientos, y pueden participar de una fecundidad que supera toda expectativa humana?

En el testimonio valiente de nuestra fe y en el servicio desinteresado a nuestros semejantes nos vamos convirtiendo en el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas.

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