Comentario al Evangelio del

Fernando Gonzalez

Queridos amigos:

En medio del calor estival se necesita una brisa fresca. La memoria de San Ireneo me parece una brisa fresca que nos ofrece algunas claves para vivir este tiempo caliente. Haciendo honor a su nombre, Ireneo fue un "hombre de paz". Eso no significó que se quedara de brazos cruzados. Al contrario, combatió con todas sus fuerzas la herejía que más daños ha hecho -y sigue haciendo- a la fe cristiana: el gnosticismo. Ahora no podemos entrar en detalles, pero, se trata de una forma "desencarnada" de entender a Jesucristo y la fe en él. Hay formas groseras y formas sutiles. Hoy somos víctimas de estas últimas. La religiosidad de la "nueva era" es claramente gnóstica. Pero también esa forma subjetiva de entender la fe que tanto nos gusta a los hombres y mujeres de entresiglos, esa tendencia a fabricarnos un Jesús y una iglesia a la medida de nuestras necesidades emocionales, de quita y pon, sin el espesor de la carne y de la historia. Arranca -como toda herejía- de un deseo noble de perfección, de pureza. (Hoy diríamos, más bien, de autenticidad, de coherencia). Pero, en el fondo, se trata de una fe que se escandaliza de la encarnación, que no puede tolerar que Dios haya plantado su tienda en nuestro suelo, que no reconoce los vestigios del Verbo en nuestras pobrezas, que sueña con un mundo incontaminado a base de pasar de puntillas por este mundo real, el mundo al que Dios ha querido tanto que le ha enviado su propio Hijo.

Cuando nos acercamos al evangelio de este viernes, nos encontramos con un Jesús descaradamente "carnal". Se trata de un Jesús que "toca" a un leproso y lo cura de la lepra. El relato, como todo relato evangélico de curación, tiene varios niveles de significado. Pero quizá hoy sería suficiente detenernos en el verbo "tocar". El Jesús del evangelio no es un fantasma que se pasea por este mundo sobrevolando sus miserias, sino un hombre de carne y hueso que "toca" con sus manos el muestrario de todas las heridas humanas. Los cristianos creemos en este Jesús. Lo confesamos como Salvador precisamente porque se ha adentrado en nuestra carne enferma y la ha sanado "desde dentro". No hay ninguna situación, por desesperada que parezca, que no pueda ser curada por Él. Nuestra esperanza no surge, pues, de un viaje gnóstico por no sé qué vía láctea, sino de la acción sanadora de un Jesús al que siempre, como el leproso, podemos decirle: "Señor, si quieres, puedes limpiarme".

Vuestro amigo,

Fernando González

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