Comentario al Evangelio del

Fernando González

Queridos amigos y amigas:

Hoy nos ponemos a caminar con Abraham. Nos interesa mucho el capítulo de hoy, que podríamos titular así: “El retraso de Dios”. ¿Qué fue de la promesa de un hijo y una tierra? Abrahán siente que pasa el tiempo y que Dios no cumple su palabra. O sea, que Abrahán siente lo mismo que sentimos nosotros a menudo, cuando leemos que Dios no deja a la humanidad de su mano y, al mismo tiempo, observamos que las desgracias se multiplican.

La escena de Abrahán saliendo de su tienda para contemplar el cielo estrellado es de una belleza sobrecogedora. Si es de noche mientras lees esto, asómate a la ventana. Contempla el cielo. Si no, puedes acercarte a este mirador del firmamento. La impresión de enormidad es inevitable. Pues bien, así es siempre Dios: desbordante, inmenso. Seducido por esta visión, a pesar de sus dudas y temores, Abrahán creyó al Señor y se le contó en su haber.

Jesús, en el evangelio de Mateo, nos da una pista para movernos en tiempos y espacios movedizos. Hoy, sin duda, estamos viviendo así. Basta asomarse a los mensajes que nos llegan a través de los medios de comunicación. Es como una batalla en la que no sabemos bien quién es “el bueno” y quién es “el malo”. Nos sentimos tan manipulados, tan engañados, que a menudo declinamos todo esfuerzo de discernimiento. La regla de Jesús es muy simple: “No os fijéis sólo en las palabras, en la apariencia, en el ropaje”. La verdad de una persona y de una idea se miden por los frutos de amor que produce: Por sus frutos los conoceréis. Muy claro, ¿verdad?

Vuestro hermano en la fe:
Fernando González

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