Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez cmf

 

      Seguro que a muchos, cuando escuchan o leen este Evangelio lo primero que se les ocurre es pensar aquello de que “hay que ser buenos pero no tontos” o “hay que ser hermanos pero no primos”. Es que nos encanta medir nuestra entrega. Todo es “hasta cierto punto”. Más allá nos parece que no nos lo pueden ni deben exigir.
      Pero todos esos cálculos se quiebran cuando nos enfrentamos con el Evangelio. Con su radicalidad habitual, Jesús nos pide ir más allá de todo límite, más allá de lo razonable. Por una sencilla razón: porque el amor pide la entrega total. Y porque el primero que nos ama así es Dios que nos ha regalado la vida cuando no éramos nada. Y nos ha dado la posibilidad enorme de ser libres y de vivir el amor y la fraternidad. Ante tanto don, ante tanta gratuidad, ante tanto amor, ¿podemos plantearnos esa suerte de tacañería que recubre a veces nuestra vida, nuestras actitudes, nuestras relaciones?
      Lo nuestro es experimentar vivamente ese amor gratuitamente regalado por Dios a cada uno de nosotros y compartirlo sin límites, sin medidas, sin fronteras, sin colores, sin lenguas.
      Vivimos tiempos de crisis económica en muchos países. ¿Nos hemos fijado en cómo en estos tiempos rebrotan los nacionalismos? Mucha gente empieza a mirar a los otros (a los inmigrantes, a los que hablan otra lengua, a los que son de otra raza...) como una amenaza. Hay que compartir pero primero con los cercanos, con los familiares, con los de nuestro círculo. Y cortamos el grifo ante los “otros”, los que están más necesitados pero son de lejos o, simplemente, no son de los nuestros. Y terminamos poniendo límites a nuestra capacidad de compartir. Exactamente lo contrario de lo que nos pide el Evangelio.
      Como dice Pablo, no echemos en saco roto la gracia de Dios. Sin medida vamos a compartir lo que Dios nos ha regalado, con paciencia y amabilidad, con amor sincero, empuñando las armas de la justicia. Porque ese amor regalado se tiene que traducir en mesa de fraternidad, en pan para todos, en justicia, en igualdad, en respeto y comprensión mutua. El amor regalado por Dios se traduce sobre todo en vida de familia, en reino.

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