Comentario al Evangelio del

Luis Manuel Suarez, cmf

Queridos amigos y amigas:

Dicen que “somos como enanos aupados a hombros de gigantes”. Es decir, que vamos aportando a la historia sobre los logros de los que nos hay precedido.

Jesucristo, el Dios encarnado, asume esta actitud ante la historia que le precede: la asume y viene a darle su talla definitiva. A partir de Él, si queremos saber cuál es la talla de lo humano, no tenemos más que poner los ojos en Él, o auparnos sobre sus hombros, y mirar el horizonte que se abre.

Jesús no parte de cero. En su misión de revelarnos al Padre y de darnos a conocer la auténtica humanidad, asume toda la búsqueda del pueblo de Israel a lo largo de los siglos, así como el núcleo de sus enseñanzas. Y asumiendo esa herencia, le da su sentido definitivo y final: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud”.

Y eso es el Evangelio: la esencia destilada de la búsqueda de la humanidad y de la revelación de Dios; la Alianza definitiva del Dios que no abandonó a su pueblo a pesar de las infidelidades; la mano tendida del Padre, a través del Hijo, que se nos comunica para hacer camino en la historia, a través del Espíritu.

En esa revelación son importantes las enseñanzas de Israel, leídas desde el Espíritu de Jesús. Esa combinación hace del cristianismo una propuesta exigente de vida, a la vez que abierta siempre a la misericordia. Como en la historia del “hijo pródigo”: el Padre desea lo mejor para sus dos hijos, y querría que llevasen una vida digna de su condición; por eso se entristece cuando uno de ellos se aleja de su casa; pero a la vez, ese mismo Padre está siempre dispuesto a acoger y perdonar, tal como hizo Jesús a lo largo de su vida. Se podría sintetizar en esa frase que dice “Dios odia el pecado, pero ama al pecador”.

Frente a un cristianismo blando y sin principios, habría que recordar el evangelio de hoy. Y frente a un cristianismo intransigente y sin piedad, habría que recordar el mismo evangelio: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud”. En la plenitud de la Ley está el amor, que es capaz de recrearlo todo, desde la raíz, desde la nada… Y si no, que se lo pregunten al hijo pródigo.

Vuestro hermano en la fe:
Luis Manuel Suárez, cmf (luismanuel@claretianos.es)

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