Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

“Corpus Christi”, el memorial de una pasión

Después de la solemnidad de la Santísima Trinidad, el segundo gran destello de la Pascua es la solemnidad que tradicionalmente se celebraba el jueves después del Domingo de la Trinidad, y que ahora se ha trasladado al domingo siguiente, el que hoy celebramos, la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo.

El cuerpo es ante todo presencia, cercanía, contacto. Pero también expresa nuestra debilidad, lo vulnerables que somos. Cuando el Verbo de Dios asumió un cuerpo humano y tomó carne, se hizo al mismo tiempo presente y expuesto. Su cercanía corporal habla de la proximidad humana de Dios, de su voluntad de ser accesible, abordable. Pero esta cercanía le hace asumir la debilidad humana, su vulnerabilidad, su carácter mortal. Por su cuerpo Jesús puede tocarnos sanándonos, y podemos tocarlo nosotros para que nos transmita su fuerza (cf. Mc 5, 25-30), pero también puede ser golpeado, azotado, herido hasta la muerte. La encarnación no es una mera apariencia y, por eso, incluye la participación plena en la humana finitud. De ahí que algunos Padres de la Iglesia dijeran que “si alguno pregunta por el misterio se sentirá llevado a afirmar más bien, que no fue su muerte una consecuencia de su nacimiento, sino que él nació para poder morir” (San Gregorio Nacianceno). Y es esa condición mortal la que le hace plenamente humano, “uno de los nuestros”.

El misterio Pascual, la muerte y resurrección, universaliza la presencia de Cristo, de manera que ya no está limitado por el espacio y el tiempo. Pero, entonces, ¿cómo garantizar el acceso “corporal” a la humanidad de Cristo?

Jesús prolonga su presencia física en la Eucaristía. No es casualidad que eligiera como signo y realidad de su presencia cosas tan sencillas y normales como el pan y el vino. De esta manera subraya, de nuevo, el compromiso con la cotidianidad. Dios no nos aliena, no nos saca de nuestra realidad, sino que se hace presente en ella y en ella alimenta nuestra vida. La Eucaristía es un “memorial”, el memorial de su pasión: no el mero recuerdo de algo pasado, sino una actualización, que nos hace realmente partícipes del acontecimiento pascual. En el texto de la carta a los Corintios, escrita relativamente pocos años después de la vida terrenal de Jesucristo, Pablo nos habla ya de una “tradición” procedente del mismo Señor y que él trasmite a sus fieles. Pablo, que tenía a gala ser apóstol por elección del mismo Cristo, pese a no haber convivido con el Jesús histórico, enfatiza de este modo la realidad fuerte de la Eucaristía, por la que participamos de modo no sólo simbólico en la pasión de Jesús.

Cuando Pablo, como también Lucas, recoge el mandato de Jesús al final del gesto eucarístico, “haced esto en memoria mía”, el esto que Jesús nos manda hacer se refiere a un memorial de su pasión que nos pone en contacto con toda la vida de Cristo, con todo su misterio. Por eso, hacer esto significa vivir como Él vivió, entregado a hacer la voluntad de su Padre, y dando la vida por amor, por los suyos, por todos. Participar en la Eucaristía no puede reducirse a “cumplir” con una obligación pesada, no consiste en “ir a misa”, sino que tiene que ser una escuela de comunión con Cristo, que nos enseña a abrirnos a Dios, a su voluntad de Bien y de amor, y, en consecuencia, a los demás, a sus necesidades reales. Como afirma Juan “quien dice que permanece en él debe vivir como vivió él” (1Jn 2,6).

Y es que Jesús, mediante los signos del pan y el vino, nos recuerda también que la salvación que nos ha traído no es sólo algo del “espíritu” (la “inmortalidad del alma”, por ejemplo), sino que se trata de una salvación integral que afecta al hombre entero, su cuerpo y su espíritu, su intelecto, su voluntad y sus sentimientos, su individualidad personal y sus relaciones. El pan nos habla de las necesidades más elementales y cotidianas, de las vive el hombre, aunque no sólo de ellas, como recordaba Juan XXIII: “no sólo de pan vive el hombre, pero también de pan”. El vino expresa la dimensión festiva que también está presente en la vida del hombre y, por tanto, en la vida cristiana y en la Eucaristía: “el vino que alegra el corazón del hombre” (Sal 104, 15).
Pero el pan y el vino juntos, como cuerpo y sangre de Cristo presentes en la Eucaristía, nos hablan también de una mesa común en la que los hermanos se comunican y comparten. No es la mesa eucarística la reunión sectaria de un grupo de iluminados, sino una mesa abierta a las necesidades de todos.

Por eso el Evangelio de hoy recoge una situación tan eucarística como la multiplicación de los panes. Ante la multitud hambrienta y en descampado, los discípulos quieren despedirlos: ya han recibido el alimento del espíritu, que se busquen ahora ellos mismos la vida (es decir, el pan). Pero Jesús les lanza un desafío que parece un imposible: “Dadles vosotros de comer”. La respuesta de los apóstoles no se hace esperar: “No tenemos más que cinco panes y dos peces…” No podemos afrontar con nuestras fuerzas y medios limitados una necesidad tan grande.

También hoy nos dice Jesús a nosotros, cuando le hablamos de las necesidades y los males de nuestro mundo: “dadles vosotros de comer; responded vosotros a esas necesidades, poned fin a la injusticia, a las guerras…”. Y también nosotros tendemos a las evasivas: ¿qué podemos hacer ante tantos problemas y tanto mal, cuándo somos tan limitados y tenemos tan poco?

Jesús nos enseña hoy que si le entregamos lo poco que tenemos, Él tiene el poder de multiplicar eso poco de modo que alcance para todos. La Eucaristía es alimento para el espíritu, pero también es una escuela de amor y de solidaridad, en la que aprendemos a compartir nuestros bienes con los necesitados. El que podamos hacer poco no es excusa para dejar de hacer precisamente ese poco, que es la contribución que podemos y debemos hacer para, dándosela a Cristo, saciar el hambre de los hambrientos de pan y de sentido.

Como botón de muestra, basta que pensemos en múltiples comunidades cristianas en muchos países, entre otros en Rusia, pero también en Asia, África e Iberoamérica, que pueden subsistir y llevar adelante sus proyectos eclesiales y sociales gracias a las ayudas de cristianos de países como Alemania, Italia o España. Si se sumaran a esa red de fraternidad muchos más de los que se confiesan cristianos “pero no practicantes”, por ejemplo, participando más activamente a la vida de la Iglesia, también acudiendo a la reunión dominical a la Jesús llama a sus discípulos para darles, y también para pedirles, a muchos más llegaría esa ayuda multiplicada por la acción eucarística de Jesús, que “tomó los panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, los partió y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente”. Comieron y se saciaron los presentes, y todavía sobró para continuar multiplicando la red de fraternidad y ayuda a los necesitados que, inevitablemente, se forma en torno a Jesús, a su cuerpo entregado y a su sangre derramada.

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