Comentario al Evangelio del

Fernando Gonzalez

Queridos amigos y amigas:

El libro del Eclesiástico aborda hoy un asunto sobre el que nuestra sensibilidad choca a menudo con el mensaje de la Palabra. Nos cuesta conciliar la misericordia de Dios con las “pruebas” de la vida o con las “pruebas” que Dios nos manda (“¡Ay, ay, qué trabajos nos manda el Señor!”). Más aún, estamos tentados de pensar que las pruebas son signos de que Dios se ha olvidado de nosotros. A este respecto, la enseñanza del escriba judío es clara: Hijo mío, cuando te acerques al temor de Dios, prepárate para las pruebas ... Pégate a él, no lo abandones, y al final serás enaltecido.

Este es más que un consejo extraído de la sabiduría popular, más que una máxima semejante a la que podemos encontrar en diversas tradiciones religiosas. Es el “guión” de la experiencia de Jesús. Él, el Hijo, fue sometido a la prueba y “se pegó” a la misericordia del Padre. En él descubrimos que las pruebas son ocasiones para descubrir la profundidad insondable de la misericordia. Nunca sabemos lo que Dios nos quiere hasta que no experimentamos su “distancia”.

Me llama la atención la frecuencia con la que Jesús se dirige a sus discípulos o a la gente para preguntarles ¿De qué discutíais por el camino? Preguntas parecidas a esta aparecen en varios relatos evangélicos, incluido el que leemos hoy. Detrás de ellas descubro a un Jesús que quiere compartir nuestras zozobras, las cosas que nos preocupan, las que no entendemos. ¿Cómo responderíamos hoy si sintiéramos la pregunta dirigida a nosotros? Se me ocurren muchas respuestas apresuradas. Hoy discutimos sobre la crisis económica, sobre el paro, las dificultades para llegar a fin de mes, los que tienen que buscar su futuro fuera, sobre las dificultades para anunciar el evangelio... Jesús toma en serio nuestros asuntos. No nos ofrece un surtido de respuestas, pero sí un criterio que nunca haremos nuestro del todo: Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Y por si hubiera alguna duda, coloca a un niño en el centro, lo abraza y dice: El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.

¿Habéis caído en la cuenta de que las personas que se dedican a servir no suelen hacer de las preguntas un rompecabezas? Tienen inquietudes, dudas, perplejidades, pero todas ellas constituyen un acicate para seguir entregándose, no una excusa para mantenerse indefinidamente en tierra de nadie. A veces tengo la impresión de que nuestras múltiples discusiones en el camino no son sino mecanismos de defensa para no entregarnos, con la vana ilusión de que lo haremos en serio el día que veamos las cosas con claridad. ¡Estamos apañados!

Vuestro hermano en la fe,
Fernando

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