Comentario al Evangelio del

Pablo Largo, cmf

Queridos amigos:

¿En qué momento situamos estas palabras de Jesús? Si atendemos al versículo en que predice que los discípulos se dispersarán cada cual por su lado y lo dejarán solo, respondemos: "antes de la pasión". Si nos fijamos en las que hemos destacado para este comentario, parece que tenemos que decir: "después de la resurrección". Jesús, que sin duda, desde cierto punto de vista, ha vivido una duración histórica como la tuya y la mía, parece moverse en una duración que trasciende la secuencia de momentos efímeros, inciertos, opacos, en que discurre nuestro vivir. ¿Qué será de mí esta noche? ¿Cómo afrontaré la tentación de mañana? ¿Sucumbiré una vez más al hostigamiento de mis inquietudes? ¿Habrá un impredecible punto de inflexión en mi camino? No lo sé.

Jesús, particularmente el Jesús de Juan, se encuentra instalado en una duración distinta: como ajeno a toda agonía, habla sin embargo de una victoria; antes del combate final nos da el parte de guerra con un "yo he vencido al mundo".
 Él es Él. Su certeza es muy distinta de la seguridad algo arrogante y altiva de Pedro que declara"¿por qué no puedo seguirte ahora? Estoy dispuesto a dar mi vida por ti". Cuando Jesús dice "yo he vencido al mundo" no se refiere al día anterior, miércoles, la antevíspera del día de Pascua; ni a la semana anterior, la que precede a la entrada triunfal en Jerusalén; ni a cualquier pasado remoto o cercano. No declara que ha ganado una batalla. Se proclama vencedor de la guerra. Su "yo he vencido" abarca todo su tiempo y todo el tiempo histórico.

Sí, percibimos que habla desde la Pascua cumplida. Y desde ahí nos sigue hablando a nosotros, inmersos en el tiempo. Hoy y aquí resuenan sus palabras: "en el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo". Ese es nuestro punto de apoyo; mejor, nuestro punto de amarre. Si, braceando en medio del oleaje, nos agarramos a otro cuerpo inestable sacudido por el mismo oleaje, nuestro asidero se nos revelará tan frágil y zozobrante como nosotros. Sólo si estamos anudados a un punto de amarre sólidamente instalado en tierra firme podemos mirar con unos ojos algo más serenos los momentos efímeros, inciertos, opacos, y nos entregamos con más confianza a nuestra misión en el momento presente, y no dejamos que la ansiedad del mañana secuestre el gozo del hoy o duplique su fatiga abrumadora, y nos deshacemos de toda seguridad algo (¿sólo algo?) arrogante y altiva.

Vuestro amigo.
Pablo Largo

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