Comentario al Evangelio del

Fernando Gonzalez

Queridos amigos:

La asamblea de Jerusalén, "después de una fuerte discusión", llega a una conclusión fundamental de la que se extraen consecuencias prácticas. La conclusión es ir al centro del evangelio: "Lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús". Nada puede colocarse a este nivel. Aclarado esto, es normal que concluyan que no hay que imponer más cargas que las imprescindibles. ¿No tendríamos que proceder así en las discusiones que hoy tenemos sobre problemas morales, sobre la inculturación del evangelio en nuevos contextos, sobre asuntos intraeclesiales?

El fundador de mi Congregación religiosa decía que en el evangelio Jesús nunca aparecía riéndose. Sin embargo, hoy Jesús nos habla de la alegría desbordante que lleva dentro y que quiere rebosar sobre nosotros: "Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud". ¿No podríamos, a lo largo de la jornada, dejarnos seducir por la alegría de Jesús?

No olvidemos la memoria de este día de mayo. La Iglesia recuerda hoy a San Atanasio, obispo y doctor de la Iglesia (295-373). Su vida es de película. Fue desterrado cinco veces y tuvo que vivir más de 16 años lejos de su patria; en varias ocasiones estuvo en peligro de perder la vida por la espada del verdugo y por el puñal del asesino a sueldo; durante toda su vida fue perseguido, pero nunca traicionó la fe de Cristo y de la Iglesia para comprar su libertad. Fue hijo de la metrópoli alejandrina, nacido alrededor del año 295. En el año 325, el Concilio de Nicea condenó la doctrina de Arrio y lo excluyó de la comunidad de los fieles. Más de trescientos Obispos se habían reunido en Nicea y uno de sus prohombres fue el Obispo Alejandro, de Alejandría, a quien acompañaba su diácono Atanasio, entonces secretario suyo. Los arrianos lograron convencer al emperador Constantino de la validez de su doctrina, de suerte que revocó el destierro de Arrio. Atanasio no pudo dar su consentimiento; y, naturalmente, toda la ira de los arrianos se concentró en él, logrando su destitución y su destierro. El pueblo católico que no quería prescindir de su pastor, hizo protestas públicas, las cuales fueron aplastadas con crueldad.

Atanasio se retiró a Roma y, siete años más tarde, con la participación entusiasta de todo el pueblo, pudo volver a su Sede Episcopal. Aprovechó aquel breve período de paz para reconfortar a los Obispos de las tierras del Nilo y a los monjes del desierto quienes, al comprender mejor sus ideas, fueron reclutados como nuevos pastores para las sedes vacantes. Desde su escondite, Atanasio gobernó su diócesis; sus apasionadas cartas circulares iban pasando de mano en mano. Encanecido por la lucha y los sufrimientos, ya no pudo soportar la larga caminata para llegar a los conventos del Nilo, donde se encontraban sus amigos, y prefirió esconderse en el cementerio de la ciudad de Alejandría, cerca de la tumba de sus padres. Finalmente, la presión del pueblo obligó al emperador Valente a levantar la orden de destierro, permitiendo al santo anciano, durante los últimos años de su vida, quedarse en paz en su ciudad episcopal hasta su muerte, acaecida el 2 de mayo del año 373.

¿Qué? ¿Os ha gustado esta historia?

Vuestro amigo.
Fernando González

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