Comentario al Evangelio del

Pablo Largo, cmf

Queridos amigos:

Hoy desplazamos la atención del movimiento de la gente al movimiento del que "baja del cielo". Nos da a conocer a Dios y nos da a conocer a Jesús, pues el propio Jesús afirma a renglón seguido: "yo soy el pan de la vida".

Nos da a conocer a Dios. Es Él quien ha puesto en nosotros el "deseo", el "principio esperanza", el "sueño de Paraíso" (un paraíso que está por delante: de él habla Ap 22,1-5; y un paraíso que coincide simbólicamente con los cielos nuevos y la tierra nueva en que habita la justicia). Ese deseo no puede ser colmado por las cosas. Lo apuntábamos ayer. Tampoco puede ser cumplido por el amor de pareja, por grande que sea. Lo dice el evangelio y lo dice la experiencia. Hay testimonios bien significativos al respecto. Podéis hallar uno, breve y denso, en una obra que, al margen ya de ese punto, merece ser leída. Se titula "Una pena en observación" y es de C.S. Lewis. Quizá hayáis visto la película "Tierras de penumbra", basada en ese relato lleno de penetrantes análisis y conducido con una lucidez y sinceridad que sobrecogen.

Se realizan aquí las palabras que el profeta pone en labios de Yahvéh: "Yo hiero y yo curo". El deseo es esa herida humanamente irrestañable que Dios ha abierto en nosotros y que sólo Él puede cerrar. Los que nos consideramos creyentes mediocres y como de segunda mano lo vislumbramos a veces; los místicos, ellas y ellos, lo viven, narran y piensan de modo envidiable.

Dios no juega con nuestro deseo. En Él se da un movimiento descendente de respuesta. Es la revelación que se nos hace en el pasaje de hoy: hay un pan que baja del cielo y da vida al mundo. Ese pan es Jesús en persona. No un sucedáneo de Dios, no un espejismo de Dios, no un dios de saldos, no una migaja que cae de la mesa de Dios: Dios en persona. Y no cae: baja. Tampoco lo arrebatamos nosotros tras una escalada titánica, como Prometeo arrebató el fuego de los dioses: baja. Pertenece al mundo de lo trascendente. Está a una distancia literalmente infinita y sólo él puede salvarla. Y la ha salvado, se ha puesto a nuestro alcance, ha bajado hasta nosotros, como bajará del cielo, enviada por Dios, la ciudad santa, Jerusalén (Ap 21,10). Baja, como si sufriera de bio-filia –al decir de algún teólogo–: quiere dar vida (zoé) al mundo.

Es un pan que colma el deseo y al propio tiempo lo dilata. Podemos muy bien decir que es pan para hoy y hambre para mañana. Nos introduce en una vida de comunión que vence el hastío y nos levanta del desfallecimiento, como a Elías lo levantó la hogaza de pan y la jarra de agua y, sobre todo, la palabra. Pero va a depender de nosotros mantener vivo el deseo del encuentro y la comunión. Porque podemos dejarnos llevar de cierta desgana, y acaso padecer de anorexia ante el pan vivo y vivificante, y podemos seguir mendigando, como la gente de Tabga, migajas que no podrán matar el hambre ni apagar el deseo.

Vuestro amigo.
Pablo Largo, cmf

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