Comentario al Evangelio del

Pablo Largo, cmf

Queridos amigos:

¡Feliz Pascua de Resurrección!

La palabra de la Escritura que propone la liturgia nos viene desgranando esa felicitación día a día. Esta semana tercera nos toca bregar con el capítulo 6 del cuarto evangelio. El signo de los panes se narró ya la semana pasada y Carlos Martínez comenzó el comentario. Ahora iremos recorriendo, en seis etapas, el discurso del Pan de Vida. Os invito a leerlo desde el marco de la Pascua del Señor. Y os propongo una clave para estos días: asomarnos a los verbos de movimiento que figuran en el discurso. Sabéis que, espontáneamente, simbolizamos la relación entre personas con términos que pertenecen a ese "campo semántico": "venir", "acercarse", "alejarse", "ir al encuentro", "atraer", "repeler", "distancia", "cercanía"... Lo comprobaremos estos días.

Hoy aparecen varios verbos que denotan movimiento. Nos fijaremos concretamente en las idas la gente: ésta se embarca, va a Cafarnaúm, busca a Jesús. Él, como sucede siempre en el cuarto evangelio, pone al descubierto los "móviles", las verdaderas "motivaciones" de la gente. No son "impecables". Tampoco tienen nada de especialmente "pecaminoso": desde el nacimiento hasta la muerte somos seres de necesidades. Por si no lo sabíamos de sobra, ahí están la imponente industria y el omnipresente mercado que las estimulan, las agigantan, incluso las crean, y prometen satisfacerlas si les pagamos el debido tributo. Pero no iban en esa dirección las intenciones de Jesús cuando realizó el signo de la multiplicación de los panes, que resultó un signo opaco, lo que obligaría al Revelador a mostrar la verdad a que apuntaba.

Esa verdad nos dice que no somos sólo animales de necesidades: comer, beber, dormir, respirar, vestirnos, cobijarnos... Ni siquiera nos podemos conformar con las "pequeñas trascendencias" que algunos proponen a estos animales más refinados que somos los seres humanos: un buen paseo matinal, una conversación agradable, la armonía corporal y psíquica... Con ellas marcamos acaso cierta distancia frente a las exigencias imperiosas de esta civilización volcada en un frenesí de producción y consumo. Pero las distancias son todavía demasiado cortas y no nos permiten decir: "necesito poco, y ese poco lo necesito muy poco" (¡quién lo pudiera decir!). Y las trascendencias parecen demasiado alicortas, demasiado egocéntricas, no sé si demasiado burguesas. Hay en este animal enfermo que somos nosotros otra dimensión para la que se han ideado distintos nombres: "deseo", "nostalgia", "demanda de sentido", "eros ilimitado de autorrealización", "principio esperanza", "inquietud humana"... De ahí nace la búsqueda más honda, el impulso de auto-trascendencia que no puede ser colmado por nada de este mundo. Para esa apertura y esa dinámica ofrece Jesús un don: el pan de vida, el alimento que perdura para la vida eterna.

Las palabras de hoy sirven para abrir boca y orientar correctamente la búsqueda. Nos dicen: "no seas hombre unidimensional, que sacrifica su vida a los imperativos del ídolo del consumo o, todo lo más, se recrea en las pequeñas trascendencias".

Vuestro amigo:
Pablo Largo, cmf

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