Comentario al Evangelio del

Carlos Martínez

Queridos amigos: Paz.

A veces comprobar que otros tienen las mismas dificultades que nosotros nos consuela. No por el mal de muchos consuelo de tontos..., sino porque nos hace sentirnos un poco más humanos, más pequeños, más humildes, más comprensivos. Todos atravesamos en la vida momentos de tempestad y de tormenta. También la primera comunidad cristiana sufrió en los comienzos las primeras disensiones y discordias. Era lógico que así sucediera a medida que iba creciendo el numero de los creyentes. Si el martes hablábamos de la comunidad ideal, hoy los Hechos nos describen la comunidad real. Pero cuando los problemas son afrontados desde el Espíritu, lejos de separar, terminan por enriquecer. Y así surge un nuevo ministerio eclesial que acabará identificándose con el diaconado. La participación activa y responsable de todos los miembros de la Iglesia orienta el rumbo de la nave de la Iglesia envuelta tantas veces en las tormentas de la vida. Lo importante será, más que comparar las diferentes borrascas que atravesamos, coincidir en reconocer al Señor resucitado. Él disipa los nubarrones y nos desbloquea del miedo: "No temáis, soy yo". Puede que la barca zozobre y la fe se nos tambalee por los muertos en Israel o en Bilbao, por las familias rotas, por la desconfianza en el futuro, en definitiva por la falta de amor en el mundo. Ante el peligro de hundirnos, en medio de la noche confiemos en Dios a fondo perdido. Lo peor que tiene el miedo es su aguijón paralizante. Atenazados por el temor no se puede creer en cristiano. Ningún antídoto mejor que, conscientes de nuestra propia debilidad, confiar en el Señor que acompaña nuestra singladura pascual.

Vuestro amigo.

Carlos

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