Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez cmf

 

      Ya estamos a punto de que comiencen las grandes celebraciones. Y el Evangelio de este día se centra en la preparación de la cena y, sobre todo, en la traición.

      La historia de Judas nos ha venido muy bien a lo largo de estos siglos. Hemos encontrado a alguien a quien echar la culpa de lo que le pasó a Jesús. Todo sucede porque Judas le vendió por treinta monedas. Ahí parece que se forma una alianza, un entramado de poderes e intereses cruzados que hacen que Jesús termine en la cruz.

      Judas es el detonante, el culpable, el origen de todo. Si él no se hubiese dejado llevar por la avaricia... Si hubiese sido más leal... Si hubiese comprendido mejor a Jesús y a su misión... Si hubiese tenido más fe... Así podemos seguir mucho rato.

      Pero es un camino inútil. Gratificante pero inútil. Gratificante porque nos hace sentirnos libres de culpa. Si Judas es el malo, todos los demás que rodeaban a Jesús no son reos de traición ni de ningún otro delito.

      Claro que es difícil mantener este argumento si tenemos en cuenta que Jesús se quedó solo en el momento de la cruz (¿dónde estaban los otros tan fieles ellos?). Y que los mismos Evangelios nos relatan la traición de Pedro (pero no se sabe por qué razón a Pedro siempre le hemos tenido más compasión y comprensión que a Judas).

      La realidad es que Judas no fue más que un instrumento manipulado por todos los intereses que rodeaban a Jesús y que querían acallarlo y terminar con él. Jesús no interesaba ni a las autoridades judías ni a las autoridades romanas. Se dedicaba a predicar el Reino de Dios. Hablaba de Dios como su padre. Estaba cerca de los enfermos, de los débiles, de los marginados. Y decía que ellos eran los preferidos por Dios. Todo ello tenía peligrosas consecuencias para el orden social que habían montado los que tenían el monopolio de lo religioso en aquel tiempo. Las autoridades religiosas judías tenían pues muchas razones para liberarse de Jesús. Ponía en peligro su mismo estatus. Y lo mismo se puede decir de los romanos que no tenían intereses más allá de conservar la paz y cobrar los impuestos.

      Deberíamos ser más comprensivos con Judas. Como casi seguro lo fue Jesús. Paso su infierno cuando se dio cuenta de que había traicionado al maestro. Y el infierno fue tan inaguantable que no pudo soportarlo y se quitó la vida.

      Deberíamos ser más comprensivos con nuestros hermanos y hermanas que son débiles y se dejan manipular por los poderosos. Deberíamos ayudarlos a salir de su infierno. Y no permitir que ninguno se quite la vida o vuelva al infierno. Porque ellos también son hijos e hijas amados por Dios. Y, por eso mismo, debemos ser más comprensivos y pacientes con nosotros mismos. ¿O somos mejores que Judas?

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