Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez cmf

 

      Si leemos con atención el Evangelio de hoy, posiblemente caigamos en la cuenta de un dato importante. Da la impresión de que Jesús controla la situación, de que es el director de orquesta o el regente del teatro que pone en orden a los actores y les dice cuando y hacia donde se tiene que mover cada uno.
      Esta impresión ha dado lugar a un malentendido. Jesús sabría perfectamente todo lo que iba a suceder. ¡Para eso era Dios! No hubo sorpresas para él. Todo estaba preparado. Todo estaba amañado. ¡Incluso la Resurrección! Jesús era el Hijo de Dios encarnado. Y su naturaleza divina le permitía conocerlo todo, controlarlo todo, conocer de antemano el futuro.
      Desde nuestra fe no podemos afirmar eso de ninguna manera. Jesús es el Hijo de Dios. Eso forma parte esencial de nuestra fe. Pero su encarnación llega hasta lo más hondo. Su ser hombre no es una especie de disfraz que se eche por encima el Hijo de Dios. Es una encarnación con todas las consecuencias. San Pablo llega a decir que “se hizo pecado” queriendo decir que se hizo totalmente de nuestra carne, asumiendo lo que somos para lo bueno y para lo malo. Viviendo con los novios la alegría de una boda y llorando amargamente en el Huerto de los Olivos cuando se siente abandonado de todos, ¡incluso de Dios! Tiene que vivir la fe en la total oscuridad hasta pedir a Dios que pase de él el cáliz pero que no se haga su voluntad sino la del Padre. Hasta vivir totalmente entregado en confianza absoluta a su Padre.
      Jesús, pues, no controla el futuro. Pero tiene la suficiente inteligencia como para darse cuenta de que su tiempo está a punto de cumplirse, de que su enfrentamiento con las autoridades religiosas judías está llegando a un desenlace que resulta inevitable si quiere ser fiel a su misión. Es consciente del papel que juegan los demás en ese drama, que es el drama de su vida y de su muerte. El papel de Judas y el papel de Pedro. Sabe lo que pueden dar de sí los que han estado con él desde que empezó. Los conoce muy bien.
      Y confía. Esto es lo más importante. Pone su confianza en el Padre y sigue adelante. El Reino fue la razón de su vida. Y ahora se convierte en la mejor razón para vivir. El Padre dará la respuesta que considere oportuna. Pero no renuncia a su sueño de fraternidad para todos los hombres y mujeres del mundo, a su sueño de justicia. Aunque parezca que todo está perdido y que no hay futuro para su sueño. Jesús no sabe si va a resucitar pero sí confía en que su Padre es el Dios de la vida y no dejará morir ni a él ni a su sueño.

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