Comentario al Evangelio del

Fernando Prado, cmf

Los grandes santos se suelen mostrar hipersensibles ante el pecado. No solo ante el ajeno. También ante el propio. Muchos de ellos incluso eran casi escrupulosos en el cumplimiento de lo que estaba mandado. La conciencia de vivir cercanos a Dios es tan viva en ellos que hasta en los pequeños detalles querían agradar a Dios. Y es que “el que es fiel en lo poco…”.

La Cuaresma es un tiempo en el que se nos llama a la fidelidad. No se trata de ser fieles simplemente a los ritos, a las normas, a “algo”. Es más bien “alguien” el que nos invita a ser fieles. Fieles en lo fundamental, no en lo superfluo, aunque bien sabemos que, en definitiva, es precisamente en las pequeñas cosas cotidianas, por más insignificantes que parezcan, donde se muestra la verdad de nuestros grandes principios.

Siempre tiene más valor cualquier realización, por pequeña que esta sea, que cualquier maravillosa idea o principio que no se materializa. A veces nos sucede que soñamos con grandes maravillas y grandes principios. Incluso los defendemos acaloradamente en nuestras conversaciones o discusiones con los demás; como si por el mero hecho de nombrarlos, de formular esos principios, ya fueran verdad en nosotros. Y se nos escapa lo concreto, lo que tenemos a nuestra mano, nuestro prójimo…

El creyente está llamado a seguir a Jesús en ese dar siempre primacía absoluta al amor. Es nuestro gran principio. Pero un principio que ha de convertirse en real en cualquier cosa de nuestra vida. Ahí está la dificultad de la vida cristiana, en vivir la coherencia entre lo que creemos y lo que realizamos. Aprender a vivir ese equilibrio entre el ideal y la realidad es un verdadero arte, un desafío permanente, un proyecto de vida. Intentémoslo.

Con afecto, Fernando Prado, cmf

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