Comentario al Evangelio del

Fernando Prado, cmf.

Durante estos días, se hace casi imposible no  recordar algunos de los discursos de Benedicto XVI, nuestro Papa dimisionario. Al hilo de la lectura del Evangelio de hoy, me gustaría traer a la memoria unas palabras que dirigió ante miles de personas en Friburgo, en la misa conclusiva de su viaje a Alemania en el año 2011.  Allí dijo que “muchos agnósticos están más cerca de Dios que los fieles rutinarios, aquellos que sólo ven en la Iglesia el boato, sin que su corazón quede tocado por la fe”, advirtiendo de que “no cuentan las palabras, sino las obras, los hechos de conversión y de fe” y de la necesidad de “evitar que la religiosidad acabe en rutina”.

Jesús no fue profeta en su tierra, porque la gente “ya le conocía”. Era el hijo de José. Uno más del pueblo. Se habían habituado a él. Le conocían desde niño. Nada nuevo que esperar. La “música” de sus palabras ya era conocida por sus compaisanos.

Sin embargo, fuera de su pueblo, su Palabra estaba siendo acogida como novedad. Sus gestos llamaban la atención. Parecía que la gente acogía su propuesta con alegría y con sorpresa. Por eso, él se lo recrimina a sus paisanos, provocándoles con sus palabras, advirtiéndoles de que los paganos recibieron mejor la palabra de los profetas que los propios miembros del pueblo de Israel, depositarios de la promesa. Por eso se enfadaron con él. Se estaba atribuyendo un don de profecía que ellos no aceptaban.

Es difícil esperar algo nuevo, recuperar la inocencia, abrirse a la novedad cuando la costumbre y la rutina se apoderan de nuestra vida. La palabra de Dios nos sale al paso en esta Cuaresma, para advertirnos de que no nos durmamos, que no nos acostumbremos demasiado a la palabra de Jesús; que no dejemos que de tanto oírla no nos suene a nueva. Un corazón vivo y despierto escucha siempre la Palabra con novedad, pues sabe que detrás de esa Palabra hay alguien vivo (Dios mismo) que nos habla, nos señala el camino, nos consuela, nos abre a nuevos horizontes, nos llena de alegría…

La rutina es, sin duda, una tentación en la vida cristiana. ¡Ojo con ella!

Con afecto,
Fernando Prado, cmf.

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