Comentario al Evangelio del

Fernando González

Queridos amigos y amigas:

En alguna ocasión he imaginado al hijo pródigo recitando el salmo 102. Alejado de la casa paterna, pudo anhelar la presencia de su padre compasivo y misericordioso. Y tal vez pudo anticipar el guión de la segunda parte de la azarosa película de su vida: Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.

Os invito a concentrar la atención en la figura del padre. Me parece que todo lo demás (el despilfarro del hijo menor y su vuelta compungida; la autosuficiencia del hijo mayor y su negativa a entrar en la fiesta) son sólo detalles dramáticos para acentuar cómo es el padre. Creo que Jesús, con esta parábola, quería mostrarnos cómo era su Padre porque sabía muy bien que sólo volviendo a la fuente original podíamos entendernos de otra manera.

Repasemos juntos, siquiera por encima, los verbos que describen lo que el padre/Padre hace y, por tanto, lo que el padre/Padre es. Quizá podemos comprender mejor en qué Dios creemos y hasta qué punto lo hemos deformado.

  • Les repartió los bienes. El Padre nos ha dado todo en herencia: la vida, la naturaleza, las posibilidades de prolongar su obra creadora y, sobre todo, nos ha dado a su Hijo: Bendito sea Dios que nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales y celestiales.
  • Su padre lo vio y se conmovió. Somos muy importantes para nuestro Padre. Todo lo que nos pasa le afecta. No lo registra en su archivo para luego pasarnos la factura, sino que se derrite, se le cae la baba, siente como suyas todas nuestras penas y alegrías.
  • Echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Nuestro Padre no nos espera solemne en su trono sino que se lanza en nuestra búsqueda. Las acciones que Jesús describe en la parábola no pueden ser más expresivas. ¿Cuántas veces hemos imaginado a Dios echándose sobre nuestro cuello y comiéndonos a besos? ¡Sólo a una madre se le ocurren estas cosas!
  • Vestidlo con el mejor traje. No se trata de dar pequeños retoques. Cuando Dios nos mira nos recrea hasta el fondo. El traje nuevo significa una vida nueva.
  • Ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies. El anillo sólo se da al heredero (porque puede firmar con él). Las sandalias son símbolo del hombre libre. ¿Qué imágenes actuales podrían devolvernos la fuerza de las imágenes evangélicas? Es como si un padre pusiera en las manos de su hijo toxicómano que vuelve el talonario de cheques. O como si pusiera todos los bienes a su nombre. ¿Cabe imaginar una locura semejante?
  • Celebremos un banquete. Y, por supuesto, la fiesta. No hay encuentro sin fiesta: Hay más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión. ¡Dios organizando un banquete por todo lo alto! ¡Él, que ha sido presentado tantas veces como un aguafiestas, como enemigo de la alegría y de la dicha!
  • Su padre salió e intentaba persuadirlo. El Padre no se olvida de ninguno de sus hijos. Si con el pequeño se echa a correr, con el mayor sale. En ambos casos, es siempre él quien da el primer paso. Su amor se parece mucho a la actitud de una madre que hace todo lo posible por persuadir de buenas maneras.
  • El padre le dijo. Las explicaciones ofrecidas al hijo mayor no tienen precio: Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo.

Después de este cuento de Jesús, ¿todavía podemos convivir con un Dios especializado en amargarnos la vida? Muchos de los que se consideran no creyentes, ¿no están anhelando un Dios así? ¿No se sentirían estremecidos ante un Dios que, lejos de reprocharles nada, se echa a correr, los abraza y se los come a besos?
Las palabras de Jesús tienen la fuerza que tienen. No hay que añadir más.

Vuestro hermano en la fe:
Fernando González

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