Comentario al Evangelio del

Rosa Ruiz, Misionera Claretiana

La fuerza de dejar hacer a Dios en nosotros…

¿Quién no querría hacer de su vida un “huerto bien regado, un manantial de aguas que nunca engaña”? La promesa que Dios nos hace hoy en la primera lectura tendría que cimentar nuestra confianza por encima de toda duda… pero nos cuesta… al menos, a mí, me cuesta.

Lo mejor es que cuando, ciertamente, dejamos hacer a Dios en nosotros, no sólo nos fortalece y revitaliza, sino que nos convierte en fuente de renovación para los demás: reparamos brechas abiertas, restauramos casas en ruinas…

Lo único que parece pedirnos a Dios en las lecturas de hoy para transformar todo lo que hay en nosotros de oscuridad y que se convierta en mediodía es convertirnos (¡otra vez!). Es decir, deja de mirar mi propio ombligo, mis cansancios y agobios, lo que me enfada y lo que me fastidia, y cambiar la orientación de mi mirada: compartir lo que tengo, abrirme al necesitado con algo tan concreto como dar alimento.

Dios es Dios y si le dejas serlo, puede pedirte lo que le de la gana (con perdón). Se acercará a ti como  le pasó a Leví, el cobrador de impuestos y te dirá: “Sígueme, ven conmigo”. Tú decides si para ir con él tienes que levantarte de donde estás sentado o no; si lo tuyo es ofrecer un banquete o repartir todo a los pobres; comprometerte en algún voluntariado una tarde a la semana o comenzar una vida nueva… Lo importante es que al menos puedas escuchar su voz y quieras responder. Afinar esa respuesta es cosa tuya y de Dios, juntos, poco a poco. Dios no espera que seas perfecto ni santo para llamarte, porque él te conoce y sabe de qué estás hecho. Sólo quiere que le permitas decirte una palabra… y tú quieras responder.

No nos quejemos de no conocer los caminos del Señor, de que no nos los muestra… No es verdad… Más bien es tan claro que preferimos mirar para otro lado, tantas y tantas veces… Lo mejor es que si no lo impedimos, Dios seguirá acercándose “a la mesa de impuestos” todos los días de nuestra vida. Hasta que respondamos… si quieres.

Vuestra hermana en la fe, Rosa Ruiz, Misionera Claretiana

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