Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos amigos:

En épocas de revisionismo la mayor parte de los títeres se quedan sin cabeza. Una pregunta que hoy se hacen los estudiosos es si puede hablarse correctamente de una conversión de Pablo. Ciertamente no podemos aplicarle el verbo “convertirse” (¡que él en sus cartas nunca se aplica!) en el sentido corriente del término: Pablo no era un disoluto que necesitase mejorar su vida moral, ni un ateo que se decidió a abrazar la fe, ni pretendió jamás cambiar de religión. Había estado siempre entregado a la causa de Dios, “aventajando en ello a sus coetáneos” (Gal 1,14). Ni siquiera es exacto decir que persiguió a la Iglesia (aunque él lo afirma); sólo intentó reconducir a una vida según la Alianza a un grupo de judíos -en su opinión- desviado. Luchaba por la causa de Dios.

Pero él sabe que actuó con un celo desacertado. Cuando “testifica” que los judíos no cristianos “tienen celo de Dios, pero no conforme a un pleno conocimiento” (Rm 10,2), en realidad está haciendo autobiografía. Dios intervino en su vida y le llevó a la sabiduría suprema: “podré ser torpe de palabra, pero no de conocimiento” (2Cor 11,6). Por eso, aun sin una conversión propiamente dicha, en Pablo hubo un antes y un después; y la nueva percepción superó inmensamente a la antigua, que él consideró “pérdida en comparación con el sublime conocimiento de Cristo Jesús” (Flp 3,8).

Pablo fue gratuitamente alcanzado e iluminado por Dios; cuando así le plugo, le abrió los ojos, y él acogió responsablemente la nueva luz. Como, muchos siglos más tarde, diría humildemente de sí mismo el beato Card. Henry Newman, Pablo “no pecó contra la luz”; supo aceptarla y dar pasos. Él lo dijo en referencia a su entrega apostólica: “la gracia de Dios no se ha frustrado en mí” (1Cor 15,10).

No conocemos a ningún cristiano de la antigüedad que haya desplegado un volumen de actividad apostólica comparable al de Pablo. Y él lo hizo porque lo vio como encomienda del Señor (“la gracia que me fue dada por Dios”: Rm 15,15) y porque era algo que le quemaba interiormente (“ay de mí si no evangelizo”: 1Cor 9,16). Su mente quedó “ocupada” por una idea fija: no sabía otra cosa que “a Cristo, y éste crucificado” (1Cor 2,2). Urgido por el amor a él (2Cor 5,14), se entregó a conquistarle  el mundo, a fundarle y consolidarle comunidades fieles; por estas –y, en definitiva, por Cristo- “se gastó y desgastó” (2Cor 12,15). Hacia el final de su ministerio pudo escribir con santo orgullo: “desde Jerusalén hasta el Ilírico, y en todas las direcciones, lo he llenado todo del evangelio de Cristo” (Rm 15,19). 

Pablo es el modelo de los no anclados en su pasado, de los que crecen en su fe y en la comprensión de la misma. Él fue siempre judío: “también yo soy israelita, de la tribu de Benjamín”, escribía también en su ancianidad (Rm 11,1). Pero no se “instaló” en su judaísmo, sino que avanzó, obedeció al Dios que le proponía nuevos horizontes; se abrió a nuevas luces. Y, percibidas éstas, su vida toda fue de entrega apasionada.

No es indiferente que acojamos la gracia o la dejemos pasar. Sin la fidelidad de Pablo, posiblemente el cristianismo no habría llegado a ser la fe transcultural y universal que de hecho es. Y, ciertamente, sin su contemplación y reflexión, no gozaría la Iglesia del tesoro de teología y espiritualidad que hasta hoy la sigue alimentando.

Vuestro hermano en la fe
Severiano Blanco cmf

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