Comentario al Evangelio del

Enrique Martinez, cmf

 

JESÚS EN MALAS COMPAÑÍAS

 


 

      Jesús, como tantas veces, aparece rodeado de «malas compañías». Ha elegido como quinto discípulo a alguien de mala fama, que provoca rechazo entre sus semejantes debido a su oficio de recaudador, colaboracionista del opresor romano. Leví, con algunos de sus colegas y otra gente de mala fama, comparte mesa y fiesta con Jesús... para escándalo y disgusto de los «buenos» («letrados fariseos»). Estos «buenos» no van a experimentar a Jesús, no van a conocerle, no van a tener más relación con él que el enfrentamiento. En definitiva: se autoexcluyen.

       Al mirarme a mí mismo, me digo que «yo no soy bueno». Quedaría mal decir lo contrario. Uno es consciente de sus limitaciones y pecados. Pero en el fondo, creo que «no soy malo del todo», o que soy «más o menos bueno». Y ciertamente, no soy, como Jesús, de los que andan en «malas compañías». 

      Creo que me hace falta una buena «conversión» para experimentar que el Señor me llama a estar entre los suyos, y con «malas compañías», para disfrutar del gozo de compartir Mesa con él y con otros. Barrer ideas fijas, ser más vulnerable, arriesgarme más, levantarme de mi «mostrador» y renunciar a lo que ya tengo establecido y fijo, y me da seguridad...

En fin. Os dejo, para terminar esta semana, y esta meditación de hoy, con un poema de Charles Peguy, titulado «los buenos», que me ha dado que pensar, orar, y darme cuenta de lo que cuesta ser honesto con uno mismo y coherente con el estilo de Jesús:

 

“Hay algo peor que tener malas ideas: es tener ideas definitivas.
Hay algo peor que tener mala conciencia y aun peor que hacerse una mala conciencia:
es tener una conciencia perfecta.
Hay algo peor que tener un espíritu perverso: es tener un espíritu acomodado.
Se ha visto que los juegos increíbles de la Gracia y las gracias increíbles de la Gracia
penetran en un espíritu ruin y hasta en un espíritu perverso,
y también se ha visto salvarse lo que parecía perdido;
pero nunca se ha visto empaparse lo que estaba barnizado, ni calarse lo impermeable.
De ahí provienen tantas deficiencias (pues las deficiencias también tienen sus causas
y por eso ocurren).
De ahí provienen tantas deficiencias que constatamos en la acción de la Gracia,
la cual a pesar de obtener victorias inesperadas en el espíritu de los más grandes pecadores,
es inoperante para con los "buenos".
Y es precisamente porque "los mejores"," los buenos",
a menos aquellos a quienes llamamos buenos y que gustan de ser llamados tales
no tienen defectos en su armadura.
Nunca son heridos.
La moral de su piel, siempre intacta, es para ellos una coraza y un caparazón invulnerables.
No tienen siquiera un resquicio por donde le pueda venir la herida espantosa,
la desgracia irreparable;
ni un agujero, ni una puntada mal dada; ni inquietudes mortales, ni segundas intenciones ocultas,
ni amarguras secretas, ni descalabros perpetuamente disimulados, ni una herida mal curada.
No presentan esa puerta de entrada de la Gracia que es el pecado.
Como no han sido heridos se creen invulnerables.
Puesto que no carecen de nada, nada se les da.
Puesto que no carecen de nada, nadie les ofrece todo.
Ni siquiera el amor de Dios venda a quien no tiene heridas.
Precisamente por estar herido en el suelo fue recogido el samaritano.
Por estar sucio el rostro de Jesús fue limpiado por el pañuelo de la Verónica.
Así, pues, aquel que no ha caído, nunca será levantado
y el que no se ha manchado nunca será limpiado.
Los "buenos" no son permeables a la Gracia”

Enrique Martínez, cmf

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