Comentario al Evangelio del

Enrique Martinez, cmf

LLEGARON LLEVANDO UN PARALÍTICO


 

            Para meditar sobre la escena evangélica de hoy, vamos a fijarnos en los diferentes protagonistas de la misma:

 

+ LA GENTE. Están al tanto de dónde anda Jesús, y acuden en masa a encontrarse con él. Algo tiene que aportarles este sanador y predicador que les propone la Palabra. Pero se convierten en un obstáculo para que, quien realmente necesita acercarse al Señor (el paralítico) pueda hacerlo. ¡Tantas veces los que rodeamos al Señor «estorbamos» para que otros se le acerquen! Ya lo advertía últimamente el Concilio: 

... En esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión (Gaudium et Spes 19).

        La gente va a ser testigo de la curación-perdón del paralítico y se quedan «atónita», «daban gloria a Dios» y decían: «nunca hemos visto una cosa igual». Podríamos tomar nota de su capacidad de asombro y reconocimiento de lo que Dios va haciendo en tantas personas, delante de nuestros ojos.  Como también ese modo de oración que consiste en «glorificar» a Dios, y que tan gozosamente entonaron los ángeles en la noche de Navidad.

+ EL PARALÍTICO. Es alguien que no tiene autonomía, que depende en buena medida de los otros. En esa camilla se podría tender a todos los lisiados del amor; a los que han perdido la esperanza, a los recluidos en su soledad, a los que tienen el corazón completamente seco; al mundo antiguo, a este mundo nuestro envejecido, marchito, sin salida...

En tiempo de Jesús, se pensaba que la causa de las enfermedades era la mala conducta del enfermo o de su familia. Por eso se les trataba con cierto desprecio, al considerarles responsables de sus males. Ellos o  sus familiares más cercanos. Posiblemente el paralítico sufrían más por el desprecio que por la parálisis. Y como tantas veces ocurre, aquí no tiene palabra, no dice nada. Podemos intuir que tenía fe, pues se dejó trasladar hasta Jesús. Pero ni siquiera eso se tiene aquí en cuenta. Es una «víctima» silenciosa. Le duele el cuerpo y le duele el alma, y se sabe lejos de Dios (pecador). 

 

+ LOS CAMILLEROS. Personas que se mueven para ayudar. Quieren al paralítico y quieren que se pueda valer por sí mismo. Superan los obstáculos (especialmente el difícil acceso a Jesús) de manera «creativa», incluso demasiado atrevida: levantando el tejado... Tienen fe. No sólo son «voluntarios» o solidarios del enfermo: quieren  que su curación sea interior y exterior. Su fe significa que han descubierto que en Jesús hay respuestas para la recuperación integral de la persona, no solo «salud/milagro». Tampoco hablan: hacen.

Y es consolador que el motivo de que aquel enfermo sea curado es la fe de ellos. Como tantos catequistas, educadores, padres, abuelos, agentes de pastoral... que procuran desde su fe... ayudar a que otros puedan encontrarse con Jesús. Bueno sería que hoy ponga nombre a estos personajes que están en mi propia vida, y también dé gloria a Dios por ellos.

 

+ LOS ESCRIBAS. A diferencia de los camilleros, están «sentados», ocupando sitio dentro de la «casa», inmóviles, petrificados, jueces... especialmente en sus ideas. No les preocupa el sufrimiento de aquel hombre. Desde sus esquemas mentales, analizan todo, pendientes más bien de la "blasfemia", el "poder" y los "pecados". Su manera de entender la religión antepone los preceptos, teologías y esquemas mentales... al bien del hombre. Son incapaces ni de quedarse atónitos, ni de dar gloria, ni de reconocer al «Hijo del hombre» del que tanto creen saber... aunque lo tengan delante de las narices....

 

+ JESÚS. Atento a todos los detalles: ve la fe de los que traen al paralítico, ve el mal más profundo del hombre, y ve los pensamientos de los escribas. Con ellos se enfrenta: ese «dios» que tienen en sus cabezas es dañino para los que sufren. El Dios que él bien conoce es un Dios sanador, perdonador, acogedor, integrador.  Él proponía la Palabra a las gentes, no la impone como los letrados. Una Palabra capaz de devolver la autoestima al paralítico, de hacer que se sienta recuperado por dentro y por fuera. Sanado y perdonado. Y el Mensajero de Dios nos quiere también a nosotros «sanadores y perdonadores». El perdón no será ya un privilegio exclusivo de Dios. También nosotros tenemos «potestad en la tierra» para reconciliar, ser instrumentos de paz, de reconciliación, de sanación. Ojalá también camilleros como los de esta escena. Y ojalá que nunca «escribas». 

Enrique Martínez, cmf.

 
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