Comentario al Evangelio del

Rosa Ruiz, Misionera Claretiana

El evangelio de hoy narra la purificación de María en el Templo y la presentación de Jesús, tal como manda la ley de Moisés. Celebrar la Luz que viene de lo alto, adorar al Niño, alegrarnos de la presencia de Cristo en nuestra vida de una manera tan clara y concreta, no evita el esfuerzo de vivir siempre en continuo discernimiento. Siempre atentos a percibir cuándo estamos mintiendo porque nuestra vida no responde a la verdad de Dios.

Amar lo que soy y la debilidad que forma parte de mí (incluida la mentira, todo lo que necesita ser purificado en mí) no es enemigo de la alegría. ¡Al contrario! ¿Acaso no se multiplica la alegría y el asombro cuanto más comprobamos que el mismo Cristo ha hecho suya mi carne?

“Porque cuando se pone de manifiesto la humanidad de Dios ya no puede mantenerse oculta su bondad. ¿De qué manera podía manifestar mejor su bondad que asumiendo mi carne? La mía, no la de Adán… Cuanto más bueno se hizo en su humanidad, tanto más grande se reveló en su bondad; y cuanto más se dejó envilecer por mí, tanto más querido me es ahora” (San Bernardo, oficio de lectura).
Dios asume mi carne, lo la de Adán. Asume mi pecado, no sólo el de Adán. Asume las posibilidades que Él mismo ha puesto en mí al crearme y acoge con bondad mis límites y fracasos. Porque también son suyos. Porque yo soy, en cierto sentido, la humanidad de Dios. Y tú… y cada persona. Somos la humanidad de Dios. Somos carne de su carne. Desde Belén hasta la Gloria. No nos extrañe entonces, que como profetizó el anciano Simeón a María, “una espada nos traspase el alma”. Ojalá así sea… será señal de que lo más profundo de mí no permanece insensible  a la bondad de Dios. Y eso, desde siempre, tiene un precio. Pero sin duda alguna, vivir en Cristo, merece la pena y todas las espadas del mundo.

Rosa Ruiz, Misionera Claretiana

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