Comentario al Evangelio del

Bonifacio Fernández, cmf

El que tenga oídos que escuche

El texto evangélico de hoy termina con una invitación a tomar conciencia acerca de la actitud con que se oye y se lee la Palabra, por eso conviene ponerla al principio como llamada de atención: “el que tenga oídos  que escuche”. Se refiere a la identificación de Juan el Bautista con el profeta Elías esperado para el tiempo final. Juan es el término de la ley y los profetas. Es el precursor del reino de Dios. El Bautista es una figura central del tiempo de la espera inmediata del Mesías. Su misión  confiere rostro personal y temporal a la gran esperanza de Israel que vislumbra con viveza el profeta. Para los habitantes de las tierras resecas la esperanza se conjuga con agua y fecundidad: ríos en las cumbres peladas, manantiales, fuentes de agua. También los árboles constituyen la imagen de la feracidad del futuro: cedros, acacias, mirtos, olivos…; toda clase de árboles.

La fecundidad es una señal.  Verla da mucho que pensar. Es la muestra de la presencia del Santo de Israel. Las metáforas que el profeta emplea para expresar la relación del Santo de Israel con el pueblo  están llenas de ternura: te agarro de la diestra… no temas gusanito de Jacob, oruga de Israel. Tu redentor es el Santo de Israel. El pueblo tiene un buen defensor. Puede confiar en su propia debilidad. El Santo de Israel lo va a convertir en un trillo nuevo y dentado.

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