Comentario al Evangelio del

Bonifacio Fernández, cmf

La palabra de Dios permanece para siempre

La imagen que une la profecía de Isaías con el texto evangélico es sin duda la del pastor. La actitud cuidadora y buscadora de Dios es comparable a la de un pastor con respecto a las ovejas de su rebaño. La comparación resulta muy elocuente en el ambiente pastoril de la trashumancia. La verdad es que este símil aparece en un relato vocacional que enmarca el libro de la consolación. La vocación y misión de este profeta es anunciar la buena noticia de la liberación que Dios va a suscitar. La teofanía se muestra en la voz que grita y se hace oír y manda gritar al heraldo de Jerusalén. Y la gran buena noticia es: Dios va a revelar su gloria; Dios se hace presente con poder; el pueblo ha cumplido ya su servicio, ya ha pagado por sus pecados. Se reafirma que firmeza de la palabra/promesa de Dios frente al carácter efímero de la vida humana: “Pero la palabra de Dios permanece para siempre”.

El Dios que viene como liberador se parece a un pastor que apacienta su rebaño.  Es presentado con rasgos de ternura “Toma en brazos a los corderos y hace recostar a las madres”. El camino de regreso del señor guiando a su pueblo tiene que ser reconstruido y diseñado de nuevo; un camino ágil y cómodo… Así será la vuelta del exilio.

El evangelio retoma la imagen del Dios pastor y buscador de las ovejas perdidas. No quiere que se pierda ni uno de estos pequeños. Está palabra está dicha a cada uno de nosotros cuando la leemos personalmente, cuando la celebramos comunitariamente. Es preciso caer en la cuenta de qué es realmente lo que resuena en mi vida de hoy. ¿La voz que me invita a gritar y ser heraldo de la buena noticia? ¿El Dios que me cuida como un buen pastor? ¿El camino de la liberación que se va haciendo para mí más recto y más continuo?

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