Comentario al Evangelio del

Pablo Largo, cmf

Queridos amigos:

A la vista de los hechos, la gente podía objetar a Jesús: «¿Y eso es el Reino de Dios? ¿Cuatro o cuarenta curaciones, otros cuatro o cuarenta exorcismos, cuatro o cuarenta seguidores y seguidoras, cuatro o cuarenta historias y dichos? Nosotros esperábamos un Hijo del hombre que, de modo fulgurante, instaurara su soberanía de Oriente a Occidente. Eso sí que sería el Reino de Dios, que repele al adversario del Altísimo y aniquila todo mal, injusticia y sufrimiento. El Reino que anuncias es un manto que le queda demasiado grande a tu breve puñado de hechos».
Jesús responde contando historias. Porque su mirada conoce la promesa de las cosas: la promesa de un grano de mostaza, la de un puñado de levadura, la de estas señales menudas que parecen cantidades despreciables y que, sin embargo, alojan en sí un asombroso potencial de vida que nadie puede represar.
Con estos relatos nos educa la mirada, quizá lista para dejarse seducir por lo espectacular y apabullante, por lo que deslumbra, y quizá descuidada y algo obtusa para percibir el brillo de los milagros diarios de la vida y el milagro de los gestos diarios de la fe. El hechizo mismo que puede producir un espectáculo humano (por ejemplo, en el circo) no debe hacer olvidar que esa exhibición se ha forjado en el ejercicio cotidiano de personas entregadas apasionadamente a su oficio. La pasión de Jesús por el Reino definitivo y pleno de Dios se desgranaba en actos y señales que iluminaban y conmovían a los que tenían ojos para ver. Pidamos y eduquemos esa mirada.

Vuestro amigo
Pablo Largo

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