Comentario al Evangelio del

E. A.

Desde la infancia, éste es uno de mis pasajes favoritos. Mamá lo leía, todos los años, al comenzar la cuaresma. Antes de marchar a la escuela, ella me perfumaba la cabeza, y yo intentaba mostrar a todos mi mejor sonrisa. Sólo Tú, Mamá, y yo sabíamos que ayunaba.

Señor Jesús, al parecer la justicia en tus tiempos era un «reality show». Sin embargo, hoy también vivimos así la justicia. Dicen que un gesto y una imagen valen más que mil palabras. ¿Por qué no te gusta que los gestos de un ser humano justo, sean vistos por otros?

¿Cómo se vive la justicia que tú nos enseñas, sin que los demás la vean? Los actos de una persona justa, ¿no resplandecen ante todos? Seguramente ahí radica la gran diferencia entre la justicia del mundo y la Justicia que es tu Reino.

La sociedad injusta, mi propia injusticia, necesita ser cubierta con un tupido velo. Son  gestos que disfrazan las verdaderas intenciones, los intereses, las codicias y las ambiciones egoístas. Escondemos nuestra ruindad tras un halo de justicia, “para que el mundo vea nuestras buenas obras”, y encima, nos alaben por ello.

Tu Justicia, mi Señor, nace del corazón. Un corazón recto. Esta justicia salta a la vista y brilla como el sol. Es profundamente más distinta que el oro ante una chapa de latón dorado. Las acciones del Justo ponen en evidencia la injusticia disfrazada de justicia. Y eso va contra todos nuestros intereses “no rectos”, es decir, “no justos”.

Nadie más Justo que Tú. Pero tu vida, entonces, Verbo Encarnado, era como un espejo que reflejaba las verdaderas intenciones del corazón humano. Y, ¡ay, ay, ay!, la reacción que causabas no era de gozo ante tu sana y pura Justicia, sino de repulsa y escondimiento. Como la imagen de Adán y Eva cubriendo sus vergüenzas porque pasaba el Señor. Como lo hacemos hoy.

Lo cierto es que no hay justicia, si Tú no nos revistes con tu Justicia. A aunque estas betas estén escondidas en los lugares más remotos del mundo, la humanidad va buscando estas personas, como una fiebre de verdadero oro, y cuando las encuentra, en la sencillez, la humildad y el escondimiento, las reconoce inmediatamente. Gracias por cada una de ellas, Señor.

Tu Justicia, en nosotros, no busca retribución. Se alimenta del Amor del Abbá, se inspira en las acciones que nos marca el Espíritu. Dicho así, parece difícil y sin embargo es tan sencillo. Basta si tenemos fe, incluso más pequeña que un grano de mostaza.

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