Comentario al Evangelio del

E. A.

Buenos días, Señor Jesús. Gracias por tu caricia matinal, que abre mis ojos y me permite gozar de la luz del sol. Un sol, que sale para justos e injustos.

Pero, antes de salir corriendo al trabajo, entre personas y coches, deseo sentarme cerca de ti, en silencio, en otro lugar y tiempo. Y, en el Monte de las Bienaventuranzas, escuchar tu Palabra.

Una pregunta, Señor Jesús: “amar al enemigo” ¿es lo mismo que no odiarle?

Y ¿quién es mi enemigo? Quizás, mi forma de ser y de actuar provoca una reacción de desprecio y distanciamiento. Tal vez, ellos y ellas no sean mis enemigos, sino que  perciban que el enemigo soy yo. En ese caso, “amar al enemigo” comportaría un cambio en mis actitudes. Si mi realidad respira y desprende amor evangélico, esas personas desconfiadas y distantes no serán “mis enemigos”, sino mis hermanos.

Quizás, mis semejantes sean de verdad enemigos míos, porque buscan mi mal, mi ruina y la de mis seres queridos. Podré, entonces, no odiarles; pero ¿amarles?

Vale. Ya te he oído, Señor: “Sí, amarles. Como el sol, que sale para justos e injustos, hay que trabajar por el bien de los justos y de los injustos”.

De pronto, vuelvo a mi tiempo y a mi realidad. Levanto los ojos, Te veo crucificado y vestido de Misericordia. Tú demuestras mejor que nadie que el verdadero amor es  siempre gratuito.  Te contemplo, Señor, y veo que es tu Amor quien abraza al amigo, al enemigo y también envuelve toda mi vida. Si esta sustancia de tu Misterio revelado nos conforma por dentro, ya no sólo es posible desear al bien al que quiere el mal, sino que se convierte en urgente necesidad. Tu Amor en mí se transforma en un mar de Misericordia.

Un buen amigo me hizo caer en la cuenta de que San Lucas dice: “Sed misericordiosos” donde San Mateo dice: “Sed perfectos”.  Si Mateo habla de perfección y Lucas de misericordia, será que la Perfección a la que tú nos llamas Señor, es precisamente la Misericordia.

Dejarse amar por ti, Señor, es empaparse de Misericordia. Y más que el sol que nos calienta e ilumina, tu Amor nos da ese buen bronceado que nos hace perfectos hijos del Abbá, en el Hijo por obra del Espíritu.

María nos acompaña siempre en el camino.

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