Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez cmf

 

      Seguro que, al leer la primera lectura, hemos pensado con san Pablo que ya nos encantaría poder decir al final de nuestra vida lo que él dice en su carta: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.” La cuestión es que se nos puede escapar un pequeño demoniejo que nos lleva a malinterpretar y alterar el sentido de las palabras de Pablo.
      Porque no tengo duda de que a Pablo no se le pasó en ningún momento por la cabeza la idea de poner su vida al servicio del objetivo de alcanzar éxito profesional como “apóstol.” La realidad es que Pablo, y lo deducimos de sus cartas, nunca pensó en su bienestar personal, en su realización, en el éxito de ningún tipo. Lo que tuvo por delante siempre fue el Evangelio, la gracia de Dios que le había transformado por dentro y que le impulsaba a correr, a encontrarse con la gente, a difundir la buena nueva de la salvación. Casi podríamos decir que su tarea de apóstol la hizo bien pero sin habérselo propuesto ni haberlo intentado nunca.
      Pablo no fue de esos letrados a los que Jesús acusa de pasearse con amplios ropajes, a los que les gusta que les hagan reverencias, que les den asientos de preferencia en sinagogas y banquetes y... devoran los bienes de las viudas. Lo de los ropajes en la Iglesia, lo de los asientos de honor, etc. no viene de los tiempos de Pablo sino de tiempos posteriores en los que, reconozcámoslo, perdimos de alguna manera el norte del Evangelio, dejamos de lado la Buena Nueva y montamos toda una estructura que tiene poco que ver con el Evangelio.
      Está claro que desde el punto de vista evangélico la actitud de la anciana que comparte lo poco que tiene echando los dos reales en el cestillo del Templo vale mucho más que los ropajes y las liturgias y las categorías sacerdotales. La anciana, en su sencillez, está más cerca del Evangelio que muchos de los que hoy mismo se creen sus portavoces.
      Menos mal que hoy hay muchas ancianas, ancianos, niños, jóvenes, adultos que hace de su vida un servicio a la buena nueva de la salvación, sin pensar en ellos mismos, sin hacerse protagonistas –igual que Pablo–. Esos son los que nos salvan a todos y lo que hacen que el Evangelio siga vivo en nuestros días.

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