Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez cmf

      En cada cultura hay alimentos que se consideran fundamentales. En muchas partes de Asia la comida es impensable sin la presencia del arroz. Hay en zonas de América donde sin maíz  nadie dirá que ha comido. En Europa necesitamos el trigo bajo la forma de pan. Es acompañante indispensable de cualquier comida. También lo era en el tiempo de Jesús.
      Por eso se entiende perfectamente que Jesús hablará del pan. Del pan de vida. Lo entendemos nosotros y lo entendieron sus oyentes. El alimento nos es necesario a todos. Cuando no hay nada que poner en la mesa, no hay vida posible. La vida se termina, se agota en sí misma sino hay alimento.
      Nuestra experiencia nos dice que es necesario comer todos los días. El alimento es a la vida nuestra como la gasolina al coche. Sin él nada funciona. Al final siempre hay que volver a la gasolinera a cargar el depósito.
      Pero Jesús parece que tiene algo nuevo que ofrecer: es un pan que sacia definitivamente el hambre. Ya no hace falta comer más. Es un alimento que parece superar los límites tan pobres de esta vida en la que estamos. Es un pan que parece que provoca en el que lo recibe la vida verdadera, la vida definitiva, la vida con mayúsculas.
      ¿Se trata de un pan mágico? ¿Habremos encontrado por fin la fórmula medicinal que soluciona todos los problemas, que nos da la inmortalidad? Me parece que no va por ahí la respuesta.
      El pan al que se refiere Jesús es el pan de la eucaristía. El pan que vienen a buscar los judíos es el pan multiplicado en el milagro realizado poco antes. Aquel pan había sido capaz de alimentar a una multitud hambrienta. Pero ahora Jesús los invita a dar un paso más. Hay otro pan, hecho de fe, de confianza en el Padre, creador de la vida. Hay un pan hecho de Reino, de fraternidad, de encuentro de hermanos y hermanas en torno a la misma mesa. Hay un pan que es vida compartida, carne y sangre reconocidas como mi propia carne y mi propia sangre. Porque Jesús es Dios mismo encarnado, hecho de nuestra carne y de nuestra sangre para entregarnos la esperanza y la vida, la alegría y la fe en que la muerte no es el final de esta historia que nos ha tocado vivir.
      Todo eso es lo que se celebra en la Eucaristía. Y lo que deberíamos seguir celebrando en la vida, que no debería ser sino la prolongación de la Eucaristía. Por eso los que siguen a Jesús, los que creen en Jesús no pasan-pasamos hambre. Porque él es nuestro pan de vida. Porque nos hacemos pan de vida unos para otros. Porque sabemos que Dios está siempre detrás de nuestros afanes, dando realidad a nuestros sueños, a su sueño, a su Reino.

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