Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez cmf

      Me decía el otro día un compañero que un teólogo famoso había dicho que lo opuesto al pecado no es la virtud sino la fe. Me pareció que tenía toda la razón del mundo. No sé por qué extraña razón en la Iglesia le hemos dado tanta importancia al pecado. Al fin y al cabo, no es sino una manera de mirarnos al ombligo y de situarnos en el centro del terreno, apuntando los flashes de las cámaras a nuestro yo. Lo que yo he hecho, lo que yo no he hecho, lo que debería haber hecho. Siempre yo y yo y yo.
      Pero es que la virtud tampoco va mucho más allá. Es más de lo mismo –yo, yo y yo– pero en la dirección opuesta. La virtud es el esfuerzo de la persona por mejorar, el autoanálisis, la lucha de Sísifo por subir la piedra a la montaña. Recuerdo el título de un libro que me dejaron que versaba sobre la adicción a las drogas: “Querer NO es poder.” Y mucho menos cuando miramos a nuestras propias fuerzas, cuando queremos salir solos de los problemas, cuando, en definitiva, seguimos centraditos en nuestro yo sin más horizonte ni perspectiva.
      Jesús nos invita a descentrarnos, a salir de ese laberinto pequeño y tortuoso en el que nos hemos recluido, para abrirnos a la fe, a la confianza, a poner nuestra vida en las manos de los demás y, sobre todo, del Padre de todos y creador de la Vida. Ahí se abren los horizontes, la vista y la vida recobran perspectiva. Dejamos de mirar a nuestro yo y miramos a los ojos del hermano y la hermana. Juntos caminamos. Juntos encontramos sentido a esa vida que a veces nos resulta tan complicada. Sabemos de nuestras limitaciones. Somos conscientes de ellas. Pero no nos dejamos oprimir por la impotencia porque hemos puesto nuestra confianza en Dios. Eso es la fe. Nuestras fuerzas se multiplican. La vida se refuerza en el abrazo fraternal. La cruz no se ya instrumento de tortura sino símbolo genial del abrazo horizontal (los hermanos) y vertical (Dios) que nos abre a la vida y a la esperanza.
      Esa es la obra que Dios quiere: que creamos en él y en el que ha envido. Que dejemos nuestro yo a un lado y levantemos la vista hacia el que quiere y desea y ama nuestra vida y nuestra plenitud.

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