Comentario al Evangelio del

Carlos Latorre, cmf

La presencia del Hijo de Dios en el mundo sólo tiene un motivo: el amor excesivo de Dios Padre. Por eso la misión de Jesús  no es condenar, sino salvar; no es crear oscuridad, sino iluminar. Lo único que se le pide al ser humano es aceptar el amor que Dios le muestra, acoger al Espíritu que ilumina y salva,  “dejarse amar”.

La raíz de la incredulidad es preferir la tiniebla a la luz para no verse acusado por las malas obras. Aquí tocamos la raíz de la increencia que nos envuelve y que solamente podemos superar con una dosis de más amor. Podemos discutir de todo lo pasado, lo presente y lo futuro, pero sólo ante un gesto de amor la presencia de Dios se hace viva.

Cerca de la parroquia donde vivo hay un comedor que atienden las Hermanas Siervas de Jesús. Debido a la situación tan difícil  que se está viviendo en España, en este comedor suelen comer más de 400 personas cada día,.  Este comedor social nos da oportunidad a nosotros cristianos de dar testimonio de nuestra fe en un Dios que es Padre de todos. El otro día un hombre de los habituales al comedor –la gran mayoría son hombres- le decía a la Hermana que le servía:

-“Hermana, ahora sé que Dios también se acuerda de mí y me quiere”.

-“¿Y cómo lo sabes?”, le pregunta la Hermana.

-“Porque Usted me da de comer”, le respondió el hombre con toda sencillez y convicción.

Antes de terminar quiero hacer una breve referencia al texto de los Hechos de los Apóstoles. Asombra la arbitrariedad con que son apresados los apóstoles y el coraje con que se exponen a nuevos castigos.  Pero cuando Dios quiere que algo vaya adelante, toda oposición humana se vuelve ridícula. El avance del evangelio es imparable. Cuanto  mayores son las dificultades, más evidentes se hacen la presencia de Dios y la fuerza del Espíritu Santo, que confirman las palabras de los apóstoles.

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