Comentario al Evangelio del

Pedro Barranco

Juan, el evangelista, quiere ir construyendo su relato como si se tratara de un retablo actual, una especie de película que va tensionándose más y más hasta suceder lo inevitable. Jesús va desarrollando su misión y, a la vez, quiere ir desvelando su identidad. Y esto es lo que hace que nadie de su tiempo comprenda realmente qué está sucediendo.

Somos hijos en el Hijo. Creo que esto podría resumir lo que nos adelanta este trozo de evangelio. Jesús ha descubierto que la divinización del hombre, su elevación, no proviene más que de la donación que Dios ha hecho al hombre de su esencia más íntima.

Nosotros estamos hechos a imagen de Dios, es decir, participamos de Él. Y nos parecemos en dos aspectos que nos definen: la capacidad de amar y la libertad. Por eso Jesús nos dice que somos dioses. En Jesús hemos sido rescatados de nuestra limitación, para convertirnos en su imagen.

Esto nos trae una enorme responsabilidad, porque todos los seres humanos participamos de esa íntima realidad, somos hijos de Dios. Y esto nos puede impulsar a reconocer en los otros su altísima dignidad, su esencia, y a ayudarles a que la recuperen, si la han perdido.

Hay una cosa más. Jesús habla de las obras que dan testimonio de Él. Creer, sobre todo porque hay una realidad que respalda a Jesús: hace lo que dice. Dicho de otra forma: es coherente. Nuestro cristianismo puede adolecer de esa incapacidad de comunicar, quizás porque le falte la fuerza de las obras.

Muchos retos para una lectura, y muchos más aún para una vida. Pero merece la pena porque nos podemos encontrar hermanos. Y porque participamos de esa jovialidad divina de quien sabe que el mundo puede ser un lugar para pasearse por la tarde con Dios.

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