Comentario al Evangelio del

Enrique Martinez, cmf

UNA CONDENA MUY BIEN PUESTA


 

           Desde el mismo comienzo de la misión de Jesús por tierras de Galilea, irán  apareciendo en escena todos los grupos políticos y religiosos de su pueblo, gentes de todo tipo. Para cada uno de ellos, Jesús tiene algo que decirles de parte de Dios.

          Una casta dirigente compuesta por letrados, fariseos, sacerdotes y demás organiza la vida religiosa, política y económica de Israel. Jesús detecta en ellos un afán de conservar sus privilegios de clase (autoridad, reverencias, buena situación, dinero, cargos... ); y su obsesión por hacer cumplir la Ley hasta la última coma, aunque para ello tengan que aplastar o despreciar a los hombres que no llegan hasta donde ellos dicen que hay que llegar. El ritualismo en el culto es evidente: mucha aparatosidad exterior, mucho incienso y muchos sacrificios, muchos rezos y buenos donativos... aunque el corazón está  apartado de los hombres y de Dios, no escuchan lo que sobre sus vidas han dicho los profetas. Además piensan que son mejores que nadie y con sus rezos, ayunos, sacrificios y cumplimientos tienen ganado el favor de Dios. Y un buen día Jesús empieza a decirles: "Hipócritas, insensatos sepulcros blanqueados, que ni entráis en el Reino ni dejáis entrar,  guías ciegos, culebras, camada de víboras...”. ¡Y delante de toda la gente!
          Pasando un día por el Templo de Jerusalem, se detiene a contemplar todas las normas y condiciones que hacen falta para poder comunicarse  con Dios. Allí están las palomas y corderos para los sacrificios, los banqueros que cambian el dinero para poder hacer las limosnas ... Aquello parecía un mercado (era la principal fuente de ingresos de la Ciudad). Y agarrando unas cuerdas hace un látigo y arrasa todo, mientras grita que su casa es para orar, y no una cueva de ladrones. Todo el culto, los que lo ejercen, y los que asisten a él son puestos en entredicho.

          Jesús y sus discípulos no ayunan, ni guardan el descanso del sábado. Y a los hijos de Abraham que viven bien, les grita: "No se puede servir a Dios y al dinero", y "qué difícil es que un rico entre en el Reino, más fácil es meter un camello por el ojo de una aguja". Y que a Dios no hay que temerle, y que podemos hablar directamente con él, sin necesidad de intermediarios, ni de hacer méritos, y llamarle “Padre, Abbá” con toda confianza.

           También hay gente de «mala vida», despreciable y pecadora a los ojos de todos: prostitutas, leprosos, cobradores de impuestos, herejes samaritanos, pastores y un largo etc. Pues se dedica a ir con ellos, entra en sus casas y come con ellos; algunos de ellos son elegidos para discípulos... Y les dice que serán los primeros en el Reino de los Cielos.

          Tenemos al pueblo llano que sigue a Jesús porque cura, multiplica los panes y hace milagros... Pero en cuanto empiezan a escuchar su mensaje: que hay que perdonar 70 veces siete, compartir con los pobres y necesitados , amar a los enemigos, en lugar de tanto mandar hay que ponerse a servir, defender la justicia, dar la vida por los demás... se dan media vuelta y le dejan plantado. Ese Mesías no les interesa.

          Tampoco los discípulos le entienden mucho, incluso decepciona sus expectativas de todo tipo. Ya sabemos que lo abandonaron en el Huerto. Y en cuanto a su propia familia... ya quisieron llevárselo a casa, porque pensabanq ue estaba fuera de sí....

          ¿Es, entonces, extraño que Jesús les resulte incómodo? ¿Es extraño que no agrade cuando echa en cara nuestras auténticas faltas contra la Ley así como nuestros legalismos? ¿Es extraño que cueste aceptar a un Dios que es sobre todo Padre, y perdona siempre y sin condiciones, y tiene como favoritos a los pobres, a los pecadores y a los niños, que no hace distinciones de raza o religión?
¿Es extraño que unos y otros decidan acabar con esa molestia y le condenen a muerte? ¿Y nos extrañaría mucho que a los que viven como él les espere la misma suerte?
          Seguramente que Jesús también HOY habría sido sentenciado, ¡incluso por nosotros mismos!. Porque también hoy, a todos nosotros, si lo miramos bien, nos resulta tremendamente incómodo, nos descoloca, nos empuja a tomar partido, a cambiar. Fue una condena muy bien puesta. Y así todos nos quedamos tranquilos.

 Enrique Martínez, cmf

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