Comentario al Evangelio del

Pedro Belderrain, cmf

La escena pone los pelos de punta. La abuela, ciega desde hace casi medio siglo, se dirige a sus nietos: “Daría mi vida para que vierais lo que yo veo”. ¡Pero si la abuela no ve!

Con todo respeto al drama de la ceguera, ¡qué grave es también no ver con los ojos del alma! Poder reconocer al Padre y no hacerlo; vivir en el terror, en el pánico, sintiéndose amenazado por todos sin descubrir hermanos en los que te rodean; pensar que la vida es tener, tener y tener; mandar, mandar y mandar; gozar, gozar y gozar… y convertirla en un infierno antes de tiempo. ¿De qué nos vale ganar el mundo entero si al final perdemos la vida?

Que no se nos escapen unas palabrillas que pueden perderse en la primera lectura de hoy: “guárdate muy bien de olvidar los sucesos que vieron tus ojos”. ¿Quién tiene a su Padre tan cerca y tan pendiente? ¿Quién nos ha regalado una tierra que no hemos sudado, ciudades que no hemos construido, viñedos y olivares que no hemos plantado? (Jos 24, 13). ¿Cuánto valen la amistad, la salud, el afecto, la paz, el perdón, la gratuidad, la sonrisa? Dios ha dejado muy claro que no quiere abolir sino dar plenitud. Para que todos tengamos vida y la tengamos en abundancia.

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