Comentario al Evangelio del

Pedro Belderrain, cmf

Se nos olvida a menudo: lo que procede no es que tengamos una idea de Dios y tratemos de ver en qué medida Jesús y su palabra se ajustan a ella. No, ¡a Dios le hemos conocido en Jesús! Por eso toda experiencia de discipulado, de aceptación del Evangelio, supone ir renunciando a  ideas previas sobre Dios, el ser humano, la vida, e ir acogiendo lo que Jesús vive, enseña, representa y propone. El rey de la parábola perdona toda la deuda; Jesús invita a perdonar setenta veces siete. Pero, ¿no será mejor dosificar el perdón no vaya a ser que los pecadores se acostumbren a ese perdón barato?, ¿no convendrá ser menos drástico e ir poco a poco?

La misericordia se ríe del juicio, dice la carta de Santiago. Es un misterio, pero el Justo es sobre todo Misericordioso. No hay que comprarle a base de méritos o conquistas; hay que responder a su amor. No hay que enseñarle a ser Dios; hay que aceptar su libérrima voluntad. Ya no hacen falta ni príncipes ni profetas ni jefes, ni holocaustos ni sacrificios. Él sabe de sobra qué desea hacer y cómo. Y, como recordaban las lecturas de hace dos domingos, el que no se reservó ni a su propio Hijo, ¿no nos dará todo con él? (Rm 8, 32).

Acojamos la Palabra, demos gracias, y volvamos a la vida: nos han perdonado mucho; no podemos estrangular a quien sólo nos debe cien denarios.

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