Comentario al Evangelio del

Pedro Belderrain, cmf

En adviento nos fijamos en los grandes personajes bíblicos (María, Isaías, Juan) que nos ayudan a preparar la venida del Señor. Estas grandes figuras no existen en la cuaresma. Pero en nuestro camino hacia la Pascua sí van apareciendo decenas de personajes que pueden ayudarnos a acoger la llamada a la conversión y a abrir nuestra vida al Resucitado y a su palabra.

Uno de ellos es Naamán, un general sirio. Un hombre que nos habla de Damasco, de esas tierras que están tristemente de actualidad. Es fácil mirarle con simpatía: es un enfermo, alguien necesitado. Pero también un hombre de carácter; el relato bíblico lo presenta enojado, gruñendo, furioso.

Contemplándole podemos descubrirnos a nosotros mismos. Naamán ha hecho muchos kilómetros buscando la curación; ha insistido, pelea por ella. Pero quienes hablan en nombre de Dios le ofrecen respuestas que chocan con sus planes. Más aún, que le parecen ridículas: ¡cómo  bañarse siete veces en el Jordán cuando en su tierra hay ríos mucho mejores! ¿Qué es eso de que el hombre de Dios no le reciba y le dé consejos a distancia?

Los hombres y mujeres del Espíritu nos advierten: ¡cuidado, no se trata sólo de aceptar el querer de Dios: hay que acoger también los caminos que Él elige para llevarlo a cabo! Solemos esperar que sea Él quien vaya a nuestro ritmo, quien se acomode a nuestros planes. Naamán nos enseña lo importante que es escuchar y acoger los caminos que Dios ha hecho suyos: ¿por qué aceptar un mesías judío nacido además de un embarazo sospechoso?, ¿por qué acoger algo tan repugnante como la cruz?... Cuidado con caer en la tentación de Naamán.

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