Comentario al Evangelio del

Manuel Tamargo, cmf

Pedir “cosas” a Dios puede ser peligroso, o al menos engañoso. Jesús nos dice que pidamos, pero no dice que nos darán justo lo que pidamos, sino “cosas buenas”. Y buenas a juicio de Dios, claro, no al nuestro.

Nos cuesta poco trabajo reconocer la grandeza de Dios como Aquel que es capaz de concedernos lo que necesitamos. Acudimos a Él para buscar algún “refuerzo” a nuestro esfuerzo humano, o para conseguir algo que no está a nuestro alcance. Él es el Todopoderoso, el único que puede ayudarnos.

Pero esa grandeza así reconocida, ese admitir que está más allá de todo lo terreno, de nuestras fuerzas y posibilidades, habrá que aplicarlo también para pensar que las “cosas buenas” a juicio de Dios no van a coincidir siempre con las “cosas buenas” según nuestro criterio humano. Y eso es lo difícil: aceptar que Dios siempre nos escucha cuando nos dirigimos a Él, pero no para concedernos todo lo que pedimos sin más, sino aquello que Él sabe que nos conviene. ¿No hacen eso los padres con sus hijos pequeños?

Por eso, el mensaje no es: “pedid para que os dé”. El mensaje del Evangelio de hoy es: “soy Padre, siempre estoy a la escucha, sólo quiero lo mejor para vosotros; poneos en actitud de contar conmigo, de recibir todo lo que estoy deseando daros, de aprovechar todas los puertas que os puedo abrir, de aprender cómo os trato para que tratéis así a los demás…”

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