Comentario al Evangelio del

Manuel Tamargo, cmf

Hay una aparente contradicción en este texto del Evangelio: “a esta generación no se le dará más signo que el de Jonás”; sin embargo, el mismo Jesús se proclama como nuevo signo para esa generación. ¿En qué quedamos?

Sin profundizar en la exégesis científica podemos entender que, efectivamente, el signo de Jonás fue el último de su especie. Ya no habrá signos amenazantes, que anuncien castigos inminentes, como en el caso de Nínive. A partir de Jesús de Nazaret, la presencia de Dios, sus signos, son de Vida y de esperanza, no de destrucción y de muerte.

El mismo Jesús es Vida, e inaugura un nuevo modo de entender, por medio del Espíritu, la presencia de Dios. Una presencia que se continúa en la comunidad de sus seguidores, en la Iglesia, pero que también puede ser descubierta en el mundo, en gentes de toda clase y condición.

¿No son signos de la presencia de Dios entre nosotros tantas personas que luchan por sacar adelante cada día a su familia en condiciones adversas? ¿No son signos de la presencia de Dios entre nosotros tantos misioneros y misioneras, tantos hombres y mujeres de buena voluntad, que dedican su vida a hacer más llevadera, más justa, la existencia de otros? ¿No son signos de la presencia de Dios entre nosotros aquellos que abnegadamente se ocupan de cuidar a sus familiares enfermos, renunciando a su “libertad” para estar al lado del quienes los necesitan? ¿No son signos de la presencia de Dios entre nosotros esas parejas que se mantienen unidas por amor sincero años y años?...

Con razón se dice en este pasaje del Evangelio que “aquí hay uno que es más que Jonás”. Porque sólo siendo mucho más que Jonás y que Salomón se puede sembrar la semilla de la Vida, se puede comunicar el Espíritu a tantas personas que, conscientes o no, son manifestación de la presencia amorosa de Dios entre nosotros.

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