Comentario al Evangelio del

Carlos Sánchez Miranda, cmf.

Hola, amigos y amigas:

Detrás de este relato de curación, el evangelista nos ofrece una catequesis sobre la importancia de la fe y de la oración en la vida de todo discípulo de Jesús. Veamos a los personajes que aparecen en el texto. En primer lugar, Jesús que, al bajar del monte en donde se había transfigurado, se encuentra con sus discípulos que discutían con los maestros de la ley. En segundo lugar, un padre de familia con su hijo poseído por un espíritu sordo y mudo que lo atormentaba desde su infancia y lo solía arrojar al fuego y al agua poniendo en grave peligro su vida. Esta enfermedad, que hoy sería diagnosticada como una simple epilepsia, en ese tiempo se consideraba una posesión del demonio, por lo tanto, en el relato se refleja una batalla entre las fuerzas de Dios y las del mal. Llama la atención que en este combate, los discípulos no pudiesen vencer y expulsar al mal espíritu.

El padre del joven, después de exponer a Jesús la tragedia de su hijo y de contarle que sus discípulos no pudieron sanarlo, apela a su compasión para que haga un milagro. Jesús no procede inmediatamente a curar al joven, sino que, antes, se detiene a sanar la fe dubitativa y atormentada del padre. Ante las palabras de Jesús, el hombre cae en la cuenta de que su fe es vacilante y que no confía plenamente, por eso cambia su petición y se dirige a Jesús con una súplica realista y sincera: “¡Creo, pero ayúdame a tener más fe!” Aquí está el primer mensaje: la fe no debe ser una búsqueda de milagros que solucionen algunos problemas de nuestra vida, sino un constante camino de crecimiento en la confianza y el abandono total en las manos de Dios. Esta fe no la conseguimos por nuestras propias fuerzas o por nuestro mero convencimiento intelectual, es un don que viene de Dios y que debemos pedirlo con sencillez y sinceridad, en medio de nuestras dudas, temores y resistencias: ¡Creo, pero ayúdame a tener más fe!

A continuación, Jesús se dirige al joven para curarlo. El demonio, a pesar de ser sordo y mudo, escucha la orden de Jesús y sale del muchacho, pero lo hace con tal violencia que lo deja como muerto, tanto así, que todos pensaron que el demonio había ganado la batalla final. En ese momento, Jesús toma de la mano al joven, lo pone de pie y lo llena de vida. ¿Por qué Jesús pudo vencer a las fuerzas del mal y sus discípulos no? La respuesta es clara: “A esta clase de demonios solamente se la puede expulsar por medio de la oración”. Un discípulo de Jesús necesita de la oración cotidiana para que el don de la fe que ha recibido no pierda su fuerza curativa y generadora de vida. No nos engañemos, no es posible vivir la vida cristiana sin tener cada día un encuentro amoroso con el Señor que alimenta nuestra fe y nos capacita para ser testigos y servidores en medio de nuestros hermanos.

Un saludo fraterno
Carlos Sánchez Miranda, cmf.

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