Comentario al Evangelio del

Carlos Latorre, cmf

El texto evangélico de hoy nos presenta los momentos de angustia que vivió el grupo de los apóstoles cuando la tempestad  se desató en el lago en plena noche, pero el poder de Jesús que la calmó.

Siempre las fuerzas del mal han obstaculizado por todos los medios  la difusión del evangelio. El obstáculo en este momento se presenta en forma de una tempestad. La narración refleja una experiencia vivida, pero pretende ser ante todo una instrucción acerca de la fe que los discípulos necesitan para seguir a Jesús. Esa fe ha de ser suficientemente madura como para infundir paz y serenidad incluso en los momentos de tempestad y oposición.

Por otra parte, las buenas nuevas que Jesús trae son para toda la humanidad y por eso se dirige ahora a tierra de paganos. Para ello debe cruzar el mar  o lago de Galilea. En la tradición judía el mar era símbolo del mal. Desde esta perspectiva el viento huracanado puede ser considerado obra de los espíritus del mal que intentan impedir que el reino de Dios llegue a los pueblos paganos. Pero Jesús entra en escena. Como si estuviera expulsando un demonio, ordena calma al mar y al viento. Luego desenmascara la falta de fe de los discípulos, evidenciando lo mucho que les falta por aprender. Los discípulos, por su parte, quedan perplejos ante el poder de Jesús, pues sólo Dios es el único capaz de dominar el mar.

Los discípulos han  vivido la tempestad como  si estuvieran solos y  abandonados a su suerte; como si Jesús no estuviera con ellos en la barca.

¿Qué enseñanza ofrece este relato a quienes estamos leyendo hoy la Palabra de Dios? En primer lugar hemos de estar bien convencidos  de que Jesús no quiere que nos hundamos. Hay días de dudas,  fracasos, tempestades… Pero Él SIEMPRE está en la barca.

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