Comentario al Evangelio del

Carlos Latorre, cmf

El evangelio de hoy  nos trae dos parábolas para explicar el reino de Dios. Ambas coinciden en subrayar la insignificancia de la semilla y la abundancia de la cosecha final. El reino de Dios basa su poder en lo pequeño y  se va haciendo realidad  desde las pequeñas comunidades u organizaciones.

No soy yo el que tiene que defender a Dios, pues él se defiende muy bien solo. Lo importante es que yo no ponga obstáculos a su acción. Dejar que Dios instaure su reino entre nosotros con esa inmensa sencillez con que él sabe hacerlo, casi imperceptiblemente, como cuando la más pequeña semilla es sembrada y comienza su proceso de crecimiento sin que el labrador se dé cuenta. ¡Cuántas semillas del Reino están germinando y creciendo, y nosotros sin darnos cuenta ni agradecerlo!

Acostumbrados a valorar casi exclusivamente la eficacia y el rendimiento, hemos olvidado que el evangelio habla de fecundidad, no de esfuerzo, pues Jesús entiende que la ley fundamental del crecimiento humano no es el trabajo, sino la acogida de la vida que vamos recibiendo de Dios. De hecho la “lógica de la eficacia” está llevando al hombre contemporáneo a una existencia tensa y agobiada, a un deterioro  creciente de sus relaciones  con el mundo y las personas, a un vaciamiento interior y a ese “síndrome de inmanencia” donde Dios desaparece poco a poco del horizonte de la persona” (J. A. Pagola).

La crisis económica que agobia nuestros países ha llevado a la ruina a millones de familias por la falta de trabajo. A esto se añade un futuro sumamente incierto, puesto que no sabemos cuántos años va a durar esta crisis.  El aspecto positivo de esta situación es el surgimiento de una conciencia nueva que nos lleve a organizar las relaciones humanas y la economía de otra manera. Y a despertar en nuestro interior el agradecimiento y la alabanza a Dios por la vida que nos regala.

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