Comentario al Evangelio del

Carlos Latorre, cmf

La liturgia conmemora hoy la vocación de Pablo para anunciar a todos los pueblos de la tierra quién es Jesús. Quien trataba de destruir la fe en Jesús se convierte en el más apasionado misionero de Cristo. El discurso de Pablo más que una defensa personal es una presentación y justificación de su actuación en las distintas  naciones en que  ha estado predicando a  Jesús.

Uno no se convierte cuando quiere, sino cuando le es concedido por la misericordia de Dios. Así le sucedió a Pablo. En él se produjo un cambio de mente  (su pensamiento ahora es Cristo), de visión de las cosas y de los acontecimientos (se le caen unas como escamas de los ojos) y hasta de nombre (ya no se llama Saulo, sino Pablo).

El texto del evangelio que se proclama en la liturgia de hoy nos trae los últimos versículos del evangelio de Marcos, que nos presenta la resurrección más como un comienzo de la acción misionera de los apóstoles que como el triunfo del Señor después de las humillaciones de la pasión y muerte.

Cristo resucitado libera a los suyos de la ceguera dándoles el encargo de abrir los ojos a los demás. Jesús sigue contando con ellos para la misión y los envía a anunciar la Buena Noticia a toda la humanidad. Sin duda estas palabras eran escuchadas con entusiasmo cuando los cristianos estaban en plena expansión y sus comunidades se multiplicaban por todo el Imperio romano, pero, ¿cómo escucharlas hoy cuando nos vemos impotentes para retener a quienes abandonan nuestras iglesias porque no sienten ya necesidad de nuestra religión?

Dios sigue trabajando con amor infinito en el corazón y la conciencia de todos sus hijos e hijas, aunque nosotros los consideremos “ovejas perdidas”. Dios no está bloqueado por ninguna crisis. Pero todo esto no nos dispensa de nuestra responsabilidad. ¿Qué llamadas nos está haciendo Dios para transformar nuestra forma tradicional de pensar, expresar, celebrar y encarnar la fe cristiana  de manera que propiciemos  la acción de Dios en la cultura moderna? Benedicto XVI se está empeñando a fondo en esta dirección y quiere que la Santa Sede lidere este impulso de nueva evangelización. En ella serán, sobre todo, nuestras  comunidades cristianas las responsables de acercarse con nuevo ardor al hombre moderno y ofrecerle respuestas  a su preguntas más profundas.

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